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Prueba A: Acuerdo de Potsdam, Israel y la impunidad árabe
por Marcelo Wio
13 de Marzo de 2017

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En agosto de 1945, los líderes de la Unión Soviética, Reino Unido y Estados Unidos, se reunieron en una conferencia en Berlín. El resultado de la misma se conocería sucintamente con el nombre de Acuerdo de Potsdam.

¿Qué acordaron los tres países victoriosos de la Segunda Guerra Mundial?

Pues, básicamente, las condiciones de la posguerra; de la paz. Entre los puntos acordados:

La creación de un consejo - que, finalmente, devendría en el actual Consejo de Seguridad – conformado por los Ministros de Exteriores Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos, China y Francia.

Es decir, el consejo estaba formado por las potencias victoriosas. No hubo lugar para los derrotados. Aún hoy, no lo hay: son estas mismas naciones – hoy Rusia, en lugar de la desaparecida Unión Soviética – las que mantienen el estatus de miembros permanentes y el derecho a veto.

El objetivo inmediato de este consejo era la imposición de las condiciones de paz a Alemania. No había lugar a negociaciones. La nación agresora y derrotada, debía aceptarlas.

Entre las condiciones figuraba el poder de proponer – e implementar, como se demostró, finalmente – resoluciones territoriales en Europa.

Además, el Acuerdo establecía la ocupación de Alemania por parte de los miembros del consejo, con el fin de:

Desarmar y desmilitarizar completamente a Alemania y para controlar la industria de este país, que pudiese utilizarse con fines militares.

Abolir completamente todas las fuerzas – terrestres, navales y aéreas – alemanas de manera permanente de prevenir el resurgimiento y reorganización del militarismo alemán y del nazismo.

“Todas las armas, municiones e implementos de guerra y todas las instalaciones especializadas para su producción, se mantendrán a disposición de los Aliados o serán destruidos”.

“Convencer al pueblo alemán de que sufrieron una derrota militar total y de que no pueden escapar de la responsabilidad por lo que han traído sobre sí mismos...”. Es decir, la agresora es el culpable, la responsable, no sólo de lo que ha provocado a las partes agredidas, sino de las consecuencias que ha supuesto o la guerra para ella misma.

“La educación alemana debe ser controlada de manera de eliminar completamente las doctrinas militaristas y nazis, y posibilitar un exitoso desarrollo de las ideas democráticas”.

A su vez, el Acuerdo estipulaba que, con el fin de eliminar el potencial bélico de Alemania, la producción de metales, químicos, maquinaria y otros bienes directamente necesarios para la economía de guerra, debían ser rígidamente controlados y restringidos. De hecho, la capacidad productiva no necesaria para los requerimientos alemanes en tiempos de paz, debía ser retiradas o destruidas.

En cuanto al pago de reparaciones, el documento señalaba:

“Las reclamaciones de reparaciones por parte de la Unión Soviética se sufragarán con los bienes retirados de la zona de Alemania ocupada por la URSS., y por activos alemanes externos.

[...]

Las reclamaciones de reparaciones de Estados Unidos y el Reino Unidos y otros países con derecho a reparación, serán sufragadas por las zonas occidentales y por activos alemanes externos:”.

Así pues:

Responsabilizar a Alemania.

Destrucción de la maquinaria bélica alemana (municiones, barcos, submarinos, aviones y bienes industriales que no fuesen destruidos, servirían como parte del pago de reparaciones – la marina mercante alemana también sería dividida entre las tres potencias: URSS, Reino Unido y Estados Unidos).

Control de las industrias de potencial utilización dual.

Pago de reparaciones.

Y a todo esto, Alemania sin opinar. Había sido el problema. No era parte de la solución. Esta, antes bien, le era impuesta.

Pero eso no era todo. La conferencia resolvía realizar cambios en la frontera oriental de Alemania y en el mar Báltico; y la trasferencia de soberanía – como, por ejemplo, con la ciudad de Könisberg a la Unión Soviética. Se redefinía, de esta manera, el mapa europeo con el fin de otorgar fronteras más seguras a los vecinos orientales de Alemania.

En este sentido, además, el Acuerdo disponía la trasferencia de poblaciones alemanas desde el Este:

“Los tres gobiernos [URSS, Reino Unido y EEUU], habiendo considerado la cuestión en todos sus aspectos, reconoce que la transferencia hacia Alemania de poblaciones alemanas, o elementos de las mismos, que permanecen en Polonia, Checoslovaquia o Hungría, tendrá que llevarse a cabo”.

Transferencia de poblaciones... El fin, la homogeneidad étnica en el Este europeo.

Poco después, se repetiría este último punto del modelo – adaptado a las circunstancias – durante la partición de la India, para crear un estado musulmán – Pakistán: expulsiones, huidas, transferencias; y absorción de los refugiados.
 

Pero...

 
“Hipócrita: el hombre que mata a sus padres y pide clemencia alegando que es huérfano”, dijo Abraham Lincoln.
 
Más, cuando en 1948 los estados árabes dijeron no a la partición de la diminuta parte restante del Mandato de Palestina, y se abocaron a una guerra de agresión - de la que resultaron perdedores - , lo que era consuetudinario, ya no tendría aplicación:

Ni responsabilidad, ni desarme, ni reparaciones por parte de los estados árabes. Antes bien, negativa a la paz y al reconocimiento de Israel; y pretensiones e imposiciones.

Y, entre tantos otros despropósitos, creación de una agencia exclusiva (con definición ad hoc de refugiados, incluida - herramienta de perpetuación del conflicto) para los refugiados árabes. Los judíos (desplazados, expulsados de los países árabes, sus bienes confiscados), ignorados.

Junto con la creación de la ilusión (parte de la herramienta UNRWA de perpetuación del conflicto) de un inexistente '“derecho' de retorno”.

Consecuencia; nueva agresión árabe en 1967. E igual tratamiento. Consecuencia, nueva guerra de agresión árabe en 1973. Igual tratamiento.

Cada vez que los árabes atacaron y perdieron, ganaron. En la ONU. En los medios de comunicación. En impunidad.

Y así estamos. Sumidos en la excepcionalidad del conflicto árabe-israelí. Una excepcionalidad que, guste o no, surge de un hecho evidente: Israel es un estado judío. Judío. El único. Judío.
 
 
 
 
         
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