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Pilar Defensivo: Doble rasero, falacias y la mala intención
por Marcelo Wio
28 de Noviembre de 2012

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La Nación publicaba un artículo (Israel vuelve a un pasado que nunca dio resultados; 20/11/2012) del periodista Roger Cohen, donde este presentaba pequeños retazos que pretendía hacer pasar como ilustrativos de la realidad, cuando, en realidad, conducían de manera capciosa a una interpretación irreal de la misma.

A ello se sumaba el hecho de que muchos de esos trozos que reproducía, pertenecen a una historia muy distinta de la que contaba Cohen.

En dicha columna, Cohen citaba una declaración personal de Gilad Sharon (hijo de Ariel Sharon), que no es ni por asomo representativo del sentir mayoritario de la sociedad israelí, y escribía:

Sharon se permite apelar al viejo sueño israelí de que el pueblo palestino simplemente debería desaparecer. Pero por supuesto que no desaparecen. Se reagrupan. Encuentran nuevos líderes. Resisten y sus pérdidas no hacen más que alimentar su odio hacia Israel”.

De pronto, la declaración de Gilad Sharon se convierte en el “viejo sueño israelí” y, los terroristas, en miembros de una resistencia que odia porque el propio Israel alimenta ese odio.

Si Israel es culpable del odio que le guardan, ¿cuál es la solución que propone Cohen? ¿Qué Israel deje de existir? ¿Qué se “contenga”, que calle y aguante el asedio terrorista? ¿Le pide, acaso, a Israel lo que no le pediría a ningún otro estado soberano en la tierra: que no ejerza su soberanía y su derecho y obligación de proteger a sus ciudadanos?

Por lo demás, ¿de quién es ese sueño que menciona Cohen – con el que no tan sutilmente compara las políticas israelíes con regímenes genocidas?

Cohen no explicaba de quién es el anhelo, sino que, en cambio, recuperaba un escrito de 1907 para sostener su tesis de que este sueño existe y es “viejo”:

“La historia es vieja. Ya en 1907, el sionista Yitzhak Epstein escribió un artículo llamado La pregunta escondida, en el que señalaba: ‘Nos hemos olvidado de un pequeño detalle: nuestra amada tierra está ocupada desde hace siglos por una nación que no tiene la menor intención de irse'. El sionismo, advertía Epstein, debía enfrentar y resolver ‘la cuestión árabe'”.

Pero el autor deja a medias la preocupación de Epstein y, así, da una imagen muy equivocada de sus palabras. Tal como Cohen presenta esas palabras (en ese preciso contexto, acompañando a las declaraciones de Gilad Sharon; acusando a Israel de un “viejo sueño” de exterminio, en definitiva), éstas sólo dicen una cosa: la “cuestión árabe” habla, en el mejor de los casos, de una expulsión. Es decir, Cohen hizo que Epstein dijera algo que nunca escribió.

Porque, además, Epstein decía en su artículo:

“Que el cielo no permita que nos desviemos ni siquiera momentáneamente de nuestro acto de creación, del futuro; pero, en cuanto lo que creamos que es el bien nacional viole la justicia humana, este bien se transformará en el pecado nacional, del que no hay arrepentimiento posible”.

Epstein habla de deshacerse de los pensamientos de “conquista” o “expropiación”, a la vez que indica que el lema debe ser “vive y deja vivir”. Y añade que los residentes de Palestina deben verse beneficiados, por ejemplo, con los avances que llevarán los agrónomos judíos a la región. El “sueño” del escritor y pensador sionista no tiene nada que ver con el “sueño” que describe Cohen - para sostener el cual utiliza, fuera de contexto y de manera deshonesta, una oración de un extenso artículo en el que Epstein habla de hermandad, respeto, solidaridad y convivencia; y en el que nunca habla de una “cuestión árabe”.

Cohen pasaba, finalmente, a hablar de la actual operación militar israelí, mencionando sólo de pasada los cohetes como algo secundario, menor; que sólo juega un papel tangencial en los hechos -si es que lo hace -. En lo que va de año, según informa el blog del Ejército de Defensa de Israel, han caído en territorio israelí 1.697 cohetes lanzados desde Gaza por los grupos terroristas (página visitada a las 6.25 p.m. del 28/11/2012, hora israelí); 933 desde el 14 de noviembre. Pero esas cifras, a Cohen, le traían sin cuidado; él elegía abrir la caja de lugares comunes y sostenía:

“Y ahí estaban de vuelta todos los esquemas del pasado: niños palestinos entre las por lo menos 100 víctimas fatales que ya se produjeron en Gaza, tres israelíes muertos por los cohetes, los edificios del gobierno palestino destruidos por las bombas, los diplomáticos desesperados por lograr un cese del fuego, el Congreso de Estados Unidos aislado por su apoyo genérico a lo que sucede, Israel tanteando un final de partida plausible mientras crece la furia en toda la región.

¿Es bueno todo esto para Israel? No. A menos que entendamos las medidas que radicalizan la situación, erosionan las posturas intermedias, demuestran la imposibilidad de un acuerdo y, por lo tanto, facilitan la ocupación permanente de Cisjordania por parte de Israel, la expansión de sus asentamientos en ese lugar y el ocaso imparable de la idea de paz entre los dos Estados”.

Cohen utilizaba una pregunta retórica para mostrar una preocupación insincera como intento fútil de maquillar el sesgo político de su escrito. Él mismo responde, atacando, claro está, a Israel: el estado judío es culpable de la radicalización, de la falta de acuerdos (obviando el hechod de que fue Arafat quien abandonó Camp David en 2000 y lanzó la segunda Intifada; y que Mahmoud Abbas también rechazó una propuesta – muy similar a lo que ahora reclama en la ONU – de Ehud Olmert, en 2008).

Una pregunta pertinente dirigida al señor Cohen, ya que hablaba de un conflicto en el que el grupo terrorista Hamas y otros varios grupos terroristas palestinos están directamente involucrados, sería: ¿por qué no mencionó los “sueños palestinos”?, tan bien descritos, por ejemplo, en la carta fundacional de Hamas:

“Israel existirá, y continuara existiendo, hasta que el Islam lo destruya, de la misma manera que destruyóa otros en el pasado” (Preámbulo); “Las iniciativas [de paz], y las llamadas soluciones pacíficas y conferencias internacionales contradicen los principios del Movimiento de Resistencia Islámica” (Artículo 13).

¿O acaso hay “sueños” no deben ser mencionados porque no sirven para deslegitimar a Israel?

Todo ello, por supuesto, en medio de las teorías conspirativas más descabelladas sobre una posible “ocupación permanente”, planes de expansión y ocasos de paz.

Cohen, en definitiva, eligía dejar de lado aspectos morales de grandísima relevancia, como el hecho de que, quienes atacan – a civiles, y de manera masiva -, son grupos terroristas; y quien reacciona defensivamente, un estado soberano que por todos los medios busca salvaguardar las vidas de los civiles palestinos. En el mundo del relativismo moral, unas víctimas no cuentan, en tanto ciertos cohetes son un medio de resistencia de alguna manera justificada.

 
         
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