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¿Opinión pública u opinión mediática? II Parte
por Marcelo Wio
30 de Diciembre de 2015

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“... la verdadera desinformación: no es informar poco, sino informar mal, distorsionando”, Giovanni Sartori, Homo videns
 
 
 
 
Hasta aquí se ha visto que los medios son creadores de la (¿mal? – a fin de cuenta, sugiere algo que, evidentemente no existe: consenso basado en conocimiento y razón) llamada “opinión pública”. Se ha bosquejado muy superficialmente cómo opera esta “transferencia” de parecereres, de prioridades.
 
Es, pues, oportuno profundicar el el proceso a través del cual los medios instalan un interés particular sobre ciertos temas.
 
 

Sobre espirales, agendas, encuadres y predisposiciones

 
La teoría de la “Espiral del silencio”, comentaba el sociólogo español Cándido Monzón Arribas (“Opinión e imagen pública, una sociedad ‘bajo control'”; Palabra Clave, nro. 4, febrero de 2001, Universidad de la Sabana, Bogotá, Colombia), intenta destacar, por un lado, una característica psicológica que embarga al ser humano: el miedo al aislamiento y, por otro, la presión que ciertos sectores de la sociedad ejercen sobre el individuo. El resultado final de este proceso desemboca en la creación de un clima de opinión: público, dominante y mayoritario que arrastra como el “carro del vencedor” a los indecisos, flotantes o bajos en estima hacia el sentir mayoritario, mientras que aquellos otros que mantienen opiniones diferentes o contrarias huyen hacia el silencio. Es un problema de percepción y de miedo a la soledad. “A los culpables de este proceso [la politóloga alemana Elisabeth] Noelle-Neumann los encuentra en todos aquellos que contribuyen a la creación de ciertas imagenes públicas bajo el signo de la moda, la notoriedad y la resonancia; especialmente la televisión y los periodistas. Quienes no están presentes o representados en los medios, como que no existen; ni ellos ni sus ideas”.

Otra teoría, la de la “agenda setting” (fijar, establecer la agenda), enfatiza – según exponía Rubio Ferreres -el poder de los medios de comunicación para atraer la atención hacia ciertos temas o problemas y al mismo tiempo crear los marcos de interpretación de los acontecimientos sociales. Los medios, informando sobre la realidad externa, presentan al público una lista de los temas que serán objeto de la opinión pública.

Maxwell McCombs, y Donald Shaw acuñaron en 1972 el término “agenda setting para referirse al poder de los medios de comunicación de masas de dirigir la atención de la opinión pública hacia ciertos temas particulares, que aquéllos presentan como los más sobresalientes y problemáticos en cada momento.

El Dr. McCombs afirmaba que “las informaciones de la prensa... hacen bastante más, en realidad, que limitarse a señalar la existencia de hechos y asuntos importantes. ... Su selección día a día y su despliegue de informaciones, dirigen nuestra atención e influyen en nuestra percepción de cuáles son los temas más importantes del día. Esta capacidad para influir en la relevancia de las cuestiones del repertorio público es lo que se ha dado en llamar la fijación de la agenda por parte de los medios informativos”. La selección de las noticias más importantes dada al inicio de los informativos, la noticia o noticias que aparecen en la primera página de los periódicos, el tamaño de los titulares, la extensión de una noticia y el insistir en ella un día y otro día, apuntan hacia la determinación de la importancia de los acontecimientos y ponerlos en el centro de atención de la opinión pública. Son los medios lo que trazan las pistas sobre la importancia de los temas de la agenda diaria. En cuanto al público, decía Rubio Ferreres, éste recurre a esas pistas de relevancia para organizar y también decidir cuáles son los temas más importantes que atraen su atención. De ahí que la agenda de los medios de información se convierte en la agenda pública. En otras palabras, los temas de preocupación más destacados se transforman en temas de preocupación más importantes. Esta, concluía Rubio Ferreres, es la tesis central de la teoría de la agenda setting.

Por su parte, Shaw sostienía que “como consecuencia de la acción de los periódicos, de la televisión y de los demás medios de comunicación, el público es consciente o ignora, presta atención o descuida, enfatiza o pasa por alto, elementos específicos de los escenarios públicos. La gente tiende a incluir o a excluir de sus propios conocimientos lo que los media incluyen o excluyen de su propio contenido. El público además tiende a asignar a lo que incluye una importancia que refleja el énfasis atribuido por los mass media a los acontecimientos, a los problemas, a las personas”. “El presupuesto fundamental de la agenda setting – afirmaba Shaw - es que la comprensión que tiene la gente de gran parte de la realidad social es modificado por los media”.

Así, el Dr. en Ciencias Políticas Bernard C. Cohen puntualiza que la prensa no consigue decir a la gente lo que tiene que pensar, pero sí es capaz de decir a los propios lectores sobre qué temas tienen que pensar.

Pero, aclaraba Rubio Ferrres, los medios proporcionan algo más que un cierto número de noticias. Proporcionan también las categorías y los niveles de significación en los que los destinatarios pueden situarlos de forma significativa, “paquetes” de la realidad que los sujetos no experimentan ni pueden experimentar directamente, sino que son conocidos y vividos exclusivamente en función de o a través de la mediación simbólica e interpretativa o selectiva de los medios de comunicación de masas. La mayoría de los conocimientos que los individuos tienen acerca de cuestiones públicas, la mayor parte de los temas y problemas que atraen nuestra atención, no provienen de la experiencia directa y personal, sino de los medios de comunicación, los cuales actúan como principal fuente de información.

De esta manera, la agenda de los medios de información se convierte en la agenda pública, se transforma en opinión pública.
 
 
 
“... los medios informativos, en tanto ventanas del mundo exterior que queda más allá de nuestra experiencia directa, determinan los mapas cognitivos, nuestras imágenes, que nos hacemos de él. [...] Son los medios lo que nos narran o informan cómo es el mundo y lo que sucede en él, y al que habitualmente no tenemos acceso directo, con el riesgo de que nuestras mentes reproduzcan un mundo distinto al real, un ‘mundo imaginario', ya que el ‘mundo real' está ‘fuera del alcance, de la mirada y de la mente'. [...] Los medios informativos presentan una visión limitada de un entorno de mayor alcance...”, Rubio Ferreres.
 
 
 
A su vez, McCombs proponía que cuando un periodista, por ejemplo, informa sobre un tema o acontecimiento usa palabras que no son neutras – perspectiva valorativa. Son palabras cargadas de opinión y de valoración. Así, se establece una nueva agenda: la “agenda de los atributos”.

La frase de Cohen, acaso precise una revisión y ampliación, ya que, según este segundo nivel, los medios no sólo dicen sobre qué hay que pensar, sino también cómo hay que pensar sobre determinados temas o asuntos – cada vez más cerca del qué hay que pensar sobre determinado tema.

Efectivamente, los medios no sólo influyen porque resaltan la importancia de ciertos temas y cuestiones, sino también porque proporcionan los estándares que el público adopta para evaluar las cuestiones sociales y políticas a la hora de tomar decisiones. El primer aspecto de la agenda setting es denominado priming (preparación o preactivación). El segundo aspecto es llamado framing (encuadre).
 
 
 
“Encuadrar es seleccionar algunos aspectos de una realidad que se percibe y darles más relevancia en un texto comunicativo, de manera que se promueva una definición del problema determinado, una interpretación causal, una evaluación moral y/o una recomendación de tratamiento para el asunto descrito”, McCombs, Estableciendo la agenda.
 
 
 
A través del “encuadre”, señalaba Rubio Ferreres, los medios llevan a cabo un sutil proceso de selección de ciertos aspectos de la información, que son presentados como más importantes, al mismo tiempo que hacen unas evaluaciones positivas o negativos del tema. Los medios, pues, inducen al público no sólo a pensar sobre un tema o temas concretos, sino que sugieren también qué decir de los hechos, cómo nterpretarlos y evaluarlos. El framing o ecuadre es el marco interpretativo de la información.
La “preactivación” - o “preparación” - (priming) y el “encuadre” (framing) constituyen los dos aspectos fundamentales de la agenda setting y ambos están vinculados al proceso de la construcción social. Las coberturas informativas – aseveraba Rubio Ferreres - se realizan desde ciertos ángulos perceptivos e interpretativos, que se difunden desde la agenda mediática a la agenda pública. El concepto de frame o marco aplicado a la agenda de los medios se refiere a “la idea central organizadora del contenido informativo que brinda un contexto y sugiere qué es el tema mediante el uso de la selección, el énfasis, la exclusión [a omisión que tantísimas veces mencionamos] y la elaboración”.
 
 
 
Gracias a estos esquemas interpretativos, los encuadres atraen la atención del público hacia los puntos de vista dominantes en las imágenes, los cuales no sólo sugieren qué es relevante o no lo es, sino que trazan una definición del problema, una interpretación causal y una evaluación moral.
 
 
 
Por otra parte, Victoria L. Rubin y Yimin Chen, del Language and Information Technology Research Lab, de la Universidad de Western Ontario (Information Manipulation Classification Theory) se preguntaban qué sucede si el emisor del mensaje – en este caso el periodista, el medio – tiene objetivos alternativos al de transmitir una información de manera más o menos exacta al receptor.

Los autores apuntaban que, justamente, una de las eventualidades en esta cadena de comunicación, es que el emisor intente de manera intencional crear una falsa impresión o conclusión en el receptor. Lo que se conoce como engaño (deception).

Rubin y Chen, entonces, exponían las variedades de engaño según las definiciones o clasificaciones de varios autores:

“R. M. Chisholm y T. D. Feehan (The intent to deceive) distinguen dos amplias categorías, según sea pasivo o activo el papel del engañador: Comisión (deliberada y conscientemente) y omisión (permite a una persona creer algo falso).

En su Interpersonal Deception Theory, J. K. Burgoon y D. B. Buller distinguen tres variedades de engaño basadas en siete rasgos diferenciadores: cantidad y suficiencia de la información, el grado de veracidad, claridad, pertinencia, propiedad e intención. Los tipos son: falsificación (mentir o describir ‘la realidad preferida'), ocultamiento (omitir hechos materiales) y ambigüedad (esquivar, rodear las cuestiones cambiando de tema u ofreciendo respuestas indirectas).
 
S. Metts (An exploratory investigation of deception in close relationships) también identifica tres tipos básicos de mentira: falsificación (afirmar información en contradicción con la información veraz o negar explícitamente la validez de la información veraz), distorsión (manipulación de la información veraz a través de la exageración, minimización y ambigüedad, de manera que el oyente no conozca todos los aspectos relevantes de la verdad o que lógicamente malinterprete la información proporcionada) y omisión (retener toda referencia a la información relevante).

H. D. o ' Hair y M. J. Cody (Deception): su taxonomía de cinco niveles de actos engañosos incluye: ‘mentiras, actos directos de fabricación; evasión, redirigir la comunicación de temas delicados; ocultamiento, ocultar o enmascarar verdaderos sentimientos o emociones; exageración, exageración o magnificación de los hechos; y connivencia, donde el engañador y el objetivo cooperan para permitir que tenga lugar el engaño”.
Para concluir, es dable remarcar las observaciones de Giovanni Sartori sobre el hecho de informar:

“Informar es propocionar noticias, y esto incluye noticias sobre nociones. Se puede estar informado de acontecimientos, pero también del saber. Aun así debemos puntualizar que información no esconocimiento... Por sí misma, la información no lleva a comprender las cosas: se puede estar informadísimo de muchas cuestiones, y a pesar de ello no comprenderlas. Es correcto, pues, decir que la información da solamente nociones. Lo cual no es negativo... Pero si el saber nocional no es de despreciar, tampoco debemos sobrevalorarlo. Acumular nociones, repito, no significa entenderlas”.

Además, Sartori hacía una distinción sumamente relevante: subinformación; es decir, “una información totalmente insuficiente que empobrece demasiado la noticia que da, o bien el hecho de no informar, la pura y simple eliminación de nueve de cada diez noticias existentes. Por tanto, subinformación significa reducir en exceso”. Y desinformación; “una distorsión de la información: dar noticias falseadas que inducen a engaño al que las escucha. Nótese que no he dicho que la manipulación que distorsiona una noticia sea deliberada; con frecuencia refleja una deformación profesional, lo cual la hace menos culpable, pero también más peligrosa”.

Asimismo, el pensador italiano hablaba de pseudo-acontecimientos, hechos que acontecen sólo porque hay una cámara que lo está rodando, y que, de otro modo, no tendría lugar. Una cámara o un chalecco con la palabra “Prensa”.
 

 
Y todo esto, publicado, crea opinión...
 
 

Cuestiones adyacentes: el paradigma de Asch

 
Payel Kundu y Denise Dellarosa, de la Cummins University of Illinois, referían que (Morality and conformity: The Asch paradigm applied to moral decisions Revista Social Influence) estudios recientes han demostrado que el juicio moral puede ser fuertemente influido por factores contextuales aparentemente irrelevantes. La gente juzga las acciones como moralmente más incorrectas si son preparados (predispuestos) para sentir indignación antes de hacer un juicio moral, mientras que predisponer emociones positivas hace que a veces las transgresiones morales parezcan más permisibles.

Se han identificado tres motivaciones fundamentales subyacentes al comportamiento de conformidad: el deseo por la exactitud, el deseo de afiliación y el mantenimiento de un auto-concepto positivo. Un reciente trabajo – señalaban - encontró reciente que la contribución de estos factores varía en función de las creencias previas de los individuos hacia el tema bajo consideración. Cuando las creencias previas se oponen enérgicamente a la posición sostenida por la mayoría, la conformidad es impulsada por el deseo de encajar en el grupo. Pero cuando las personas tienen creencias moderadas o no fuertes sobre el tema, la conformidad es impulsada por la creencia de que la opinión mayoritaria es más probable que constituya un consenso objetivo.

Se supone que la gente viola una norma de racionalidad cuando permite que el consenso social anule los hechos.

Lee Ross, Günter Bierbrauer, y Susan Hoffman (El papel de los procesos de atribución en la conformidad y el disentimiento: revisitando la situación de Asch - American Psycologist, 1976, 31) explicaban a grandes rasgos las llamadas “demostraciones de [Solomon] Asch” – psicólogo estadounidense, pionero en psicología social -(sobre los procesos de conformidad) :

“Quizá la característica más provocativa de estas demostraciones era el tipo de juicios que resultaban susceptibles a la influencia social: a los sujetos de Asch se les ponía una tarea perceptiva simple que consistía en comparar líneas de longitudes variables; la respuesta correcta en cada ensayo planteaba un problema de ´'realidad objetiva”, inconfundible para el sujeto. No obstante, enfrentado con el juicio público unánime pero incorrecto de sus cmpañeros, y a la pedirle que expresara su propia respuesta, el sujeto llegaba a sentirse inseguro e incómodo. [...] En efecto, enfrentados con este conflicto entre la evidencia de sus sentidos y el consenso de sus compañeros, muchos sujetos eligieron el camino del conformismo público”.

Y explicaban:

“Para el sujeto, el juicio correcto parecía tan obvio que sólo podian equiovocarse personas incompetentes desde el punto de vista perceptivo, tontas, o locas. Además, tenía todas las razones para suponer que la respuesta correcta parecía igual de clara para sus compañeros. Por eso, si disentía, corría el riesgo de parecer incompetente, tonto, o incluso loco; en el mejor de los casos, su disconformidad sería tan incomprensible para sus compañeros como los juicios de éstos lo eran para él. Si disentía, en efecto, pondría en cuestión la competencia, la inteligencia y el equilibrio mental de los otros; un reto que no uno no está muy dispuesto a plantear, sobre todo cuando la propia capacidad para dar sentido al mundo parece de repente en tela de juicio. [...] Los riesgos potenciales del inconformismo para el sujeto de Asch iban, entonces, mucho más allá de la pérdida de la aprobación del grupo o de la posibilidad de parecer menos perspicaz o entendido que sus porpios compañeros. Los desacuerdos sobre política, arte, etc., pueden cuestionar los valores, el intelecto o la sofisticación de uno...”.

 
 
Looking Back on the Spanish Civil War”, George Orwell:
“En mi juventud me di cuenta de que los periódicos nunca informan correctamente sobre evento alguno, pero en España, por primera vez, vi reportajes periodísticos que no guardaban la menor relación con los hechos, ni siquiera la relación implícita en una mentira común y corriente. Vi reportajes sobre grandes batallas donde no hubo enfrentamiento alguno, y silencio total sobre acciones en las que cientos de hombres habían muerto. Vi tachados como cobardes y traidores a soldados que habían combatido valerosamente, y otros que jamás dispararon un solo tiro saludados como héroes de victorias imaginarias; y vi cómo los periódicos de Londres difundían estas mentiras y cómo ávidos intelectuales construían superestructuras emocionales sustentadas en eventos que nunca ocurrieron. Vi, de hecho, cómo la historia se escribía, no en términos de lo que había ocurrido, sino en términos de lo que debería haber ocurrido de acuerdo con las ‘directrices del partido'”.
 
 
 
 
 
Punto y final
 
 
Casi a diario, se le recuerda al lector de la existencia y de la prioridad e “importancia” (sobre todo) del conflicto palestino-israelí.
 
El producto de esta cobertura sobredimensionada, casi obsesiva, termina por magnificar dicho conflicto (cada uno de sus ingredientes) por medio de la presentación de cualquier hecho como una noticia destacada o destacable por sobre la de otros sucesos o conflictos.
 
 
 
(Fuente: The IISS Armed Conflict Survey 2015)
 

El conflicto es abordado y enmarcado de manera maniquea (y en gran medida falaz o equivocada o llamativamente incompleta), de forma que Israel es presentado como responsable absoluto (agresor, errado, malintencionado; reprobable), en tanto que los palestinos, indefectiblemente, son introducidos como víctimas de la arbitrariedad israelí (de las circunstancias impuestas por el Estado judío, que no permiten espacio de maniobra, como no sean reacciones “desesperadas” – y por tanto, justificables - a la “frustración” que esta situación provoca).

En este esquema, cualquier hecho que menoscabe la imagen que pretende crearse de los palestinos (y de los israelíes) es borrado del relato noticioso; es decir, del canon del conflicto. Originando, por consiguiente, que el lector haga suya la “narrativa” palestina, y que perciba y que sienta el conflicto desde la misma, pero ya como algo personal.

En consecuencia, Israel termina siendo el modelo del “mal” moderno, al que se le pueden adjuntar toda suerte de calificaciones denigratorias “apropiadas” a tal figura – o, más bien, representación, proyección - (apartheid, genocida, etc.); y el conflicto, por ende, el “padre” de todas las inestabilidades, de todos los conflictos.

En otras palabras, Israel pasaría a respresentar el fiel negativo en la “balanza” moral occidental; la “explicación” – en tanto “causa” profunda – de todos los males recientes.
 
 
 
 
         
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