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Opinar y acusar, en lugar de demostrar e investigar
por Grupo ReVista
2 de Enero de 2013

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El 1 de enero, el diario El País publicó un artículo titulado: ‘Los árabes de Israel ignoran las urnas', escrito por Ana Carbajosa.

En el texto, se atribuye la falta de participación del sector árabe israelí en las elecciones políticas a una supuesta discriminación estatal contra esa comunidad.

“Un breve recorrido por Um al Fahm basta para darse cuenta de que las autoridades israelíes hace tiempo que han olvidado esta localidad del norte del país; de que la diferencia entre los recursos que invierte el Estado en las zonas árabes y los esfuerzos que dedica al resto del país es abismal”, escribe Ana Carbajosa.

Además, la periodista acusa a ciertos políticos israelíes de lanzar:

“... iniciativas legislativas destinadas a recortar los derechos de los árabes-israelíes. Cuanto más asfixian las instituciones israelíes a la comunidad árabe, más apoyos cosecha la línea dura, como la del islamismo de Saleh”, asegura El País.

De esta manera, el texto propone al lector, de manera implícita, que la “línea dura”, como la denomina la autora, del islamismo árabe en Israel está alimentada por una supuesta discriminación de los funcionarios judíos contra la población musulmana Israelí, justificando así los ataques que esa corriente pueda proponer contra Israel y eximiendo de responsabilidad a quienes apoyan un “boicot” contra el Estado judío. Además, la reportera utiliza la figura del jeque Raed Saleh, como ejemplo para ilustrar el “movimiento de lucha” para “defender los derechos” del sector árabe israelí, una comunidad que en realidad no precisa reivindicar sus derechos ante el Estado de Israel, pues goza exactamente de las mismas garantías que todas las demás comunidades israelíes.

Opinión subjetiva

Las afirmaciones del artículo demuestran una visión sesgada sobre Israel, un país en donde la población árabe israelí goza de los mismos derechos que sus contrapartes judíos o cristianos, a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes El texto no menciona que el árabe es la segunda lengua oficial en Israel, junto al hebreo. Tampoco señala que en 1948 sólo existía una escuela árabe en todo el territorio que hoy es Israel, pero que ese número se ha multiplicado por varios cientos gracias a la inversión pública del Estado judío en el sistema escolar, incluidas las escuelas que enseñan en árabe y a las que asiste la mayoría de los árabes israelíes.

La periodista intenta polarizar a la sociedad israelí al describir una atmósfera de conflicto frontal entre judíos y árabes, a pesar de que sobre el terreno ambas comunidades son interdependientes, estudian en las mismas universidades, trabajan en los mismos lugares y se comunican en sus propias lenguas.

Asimismo, el texto omite datos que demuestran que gracias a la inversión y las leyes israelíes la situación económica de los árabes israelíes ha mejorado sobremanera desde la creación del Estado de Israel, a diferencia de la situación de millones de musulmanes en otros países de la región, en donde su nivel de vida es mucho más bajo.

La igualdad de la que goza la mujer árabe israelí en la sociedad, gracias a las leyes israelíes que protegen al sexo femenino en todo el Estado, es muy diferente a la discriminación que sufren las mujeres musulmanas en casi todos los países de mayoría islámica.

De hecho, la agencia de noticias palestina Ma'an publicó el 24 de diciembre de 2012:

“Presidente Mahmoud Abbas no tiene planes para enmendar las leyes que reducen las penas para sospechosos que reclaman una defensa 'honor' al asesinar a las mujeres, dice su asesor jurídico.

¿Por qué cambiarla? Esto crearía serios problemas, le dijo Hassan al-Ouri a Ma'an, añadiendo que dicha reforma 'no beneficiará a las mujeres'.”

La educación de los jóvenes árabes israelíes también refleja una tremenda mejoría gracias a su integración en Israel. Para ilustrar este dato, cabe destacar que entre 1961 y 1996, el promedio de años que un joven árabe pasaba en una escuela se elevó de 1.2 a más de 10. ¿Puede Carbajosa culpar al Ministerio de Educación israelí de esta alza educativa? La respuesta es sí, pero en lugar de hacer esto, acusa al Estado hebreo de discriminación.

Aún después de ese gran progreso educativo, la permanencia en la escuela de los jóvenes árabes israelíes sigue siendo inferior a las de sus contrapartes judíos, lo que redunda en diferencias de cualificación profesional y, por ende, de remuneración salarial entre las comunidades. Sin embargo, esta diferencia no obedece a ninguna ley discriminatoria ni a una falta de cupo en las universidades, sino a las costumbres de las propias comunidades israelíes, tanto la judía como la musulmana.

Israel, ¿una favela?

Poco importa que la industria de capital privado mundial elija a Israel como uno de sus principales centros de desarrollo empresarial o que el índice de ingenieros en la sociedad israelí sea el más elevado de todo Medio Oriente y la creación de empresas tecnológicas, por parte de los jóvenes israelíes sea vibrante y un ejemplo incluso para naciones desarrolladas. Este clima no impide que la autora del texto compare a la ciudad árabe israelí de Um el Fajem con las favelas latinoamericanas.

“Favela” es un término peyorativo vinculado a barrios de clase baja de Brasil (tal como lo es el de “Villa miseria” en la Argentina). Sería más apropiado comparar a Um el Fajem con barrios de clase media baja de, por ejemplo, España o Portugal, donde el PIB per cápita es similar al israelí.

Esta comparación inapropiada parece pretender instalar la idea colectiva de lo que es una Favela - con la supuesta "guerra sucia" contra las bandas y el tráfico de drogas y armas; una tierra de nadie, en definitiva – a la realidad de algunos barrios israelíes.

Así, el artículo de El País vincula a los árabes israelíes con un sector que aparenta quedar al margen del progreso debido a una supuesta política de marginación, en lugar de señalar que, en buena medida, la situación económica de muchas familias árabes israelíes es menos afortunada que la de sus contrapartes en Tel Aviv debido a que el índice que hijos por pareja entre esas familias es, en muchos casos, muy elevado, mientras que sus integrantes no cuentan con el nivel de estudios necesario para tener mejores salarios.

Leyes como Capital Investment Law, que pretenden impulsar el desarrollo industrial específicamente en áreas pobladas por una mayoría árabe israelí, programas de desarrollo de transporte que incluyen la construcción de nuevas vías férreas para conectar ciudades árabes israelíes, planes de construcción de vivienda y edificios –cuyo objetivo es crear ciudades más grandes, pobladas y ricas de mayoría árabe israelí-, entre otros proyectos, son sólo algunas de las medidas que el Estado hebreo toma para contribuir a mejorar la situación socioeconómica de las comunidades árabes israelíes. Además de las ventajas “de fondo”, como la equiparación de la lengua árabe al hebreo como lengua oficial o la igualdad absoluta de derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales entre todas las comunidades del país –con la excepción del servicio militar obligatorio, que no aplica a los árabes israelíes, lo que supone una ventaja para encontrar trabajo en el caso de la juventud árabe israelí-, no son si quiera mencionadas en el artículo.

Afirmaciones sin fundamento

Carbajosa compara a las ciudades árabes israelíes con favelas, denuncia una supuesta discriminación legislativa y económica contra esa comunidad, pero no le ofrece a los lectores un solo ejemplo de esas supuestas leyes discriminatorias aprobadas por Israel. La reportera omite mencionar que el sistema de Justicia de Israel no discrimina entre los ciudadanos del Estado –un buen ejemplo es el reciente fallo por parte de la Corte Suprema a favor de la parlamentaria árabe israelí Hanín Zoabi y en contra del propio Comité Electoral israelí- y ni siquiera plantea la posibilidad de que el nivel de cualificación profesional de los jóvenes, el número de hijos por pareja o el tamaño de las ciudades puedan ser elementos que influyan en la situación socioeconómica de la población árabe israelí, a pesar de que estos son elementos básicos que definen el nivel de vida de cualquier población, comunidad o ciudad en el mundo entero.

De esta manera, resulta evidente la superficialidad y el sesgo del artículo de El País, quien plantea una perspectiva de conflicto y confrontación entre comunidades y sugiere la discriminación pública por parte del Gobierno israelí, en lugar de plantear un análisis socioeconómico serio.

Ante esto, cabe preguntarse si la labor periodística reflejada en ese texto obedece a fines políticos o ideológicos subjetivos. Pues, a menos que esa sea la motivación detrás del artículo ‘Los árabes de Israel ignoran las urnas', se echa en falta un análisis socioeconómico mucho más riguroso tanto de Um el Fajem, como en otras comunidades.

 
         
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