ReVista
 
   
 
       
         
 
 
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
 
 
 
 
 
 
 
 
La Shoá: entre el silencio y la sobreexplotación
por Masha Gabriel
26 de Enero de 2012

Imprimir Imprimir | Enviar Enviar | Bookmark and Share Compartir

El 27 de enero del 2012, se cumplen 67 años de la liberación del campo de exterminio y concentración de Auschwitz. La Asamblea General de Naciones Unidas eligió esta fecha simbólica para designarla como Día Internacional en memoria de las víctimas del Holocausto y, como toda conmemoración, debería representar un momento de reflexión más allá del consabido: “nunca más”

Sin embargo, a pesar de algunos actos de estado y de no muchos artículos al respecto, Auschwitz parece haberse convertido en un símbolo ambivalente utilizado por los medios y los diversos sectores sociales cada vez que su causa lo requiere, independientemente de la pertinencia de la comparación. Y sobre todo, independientemente de la moralidad del argumento.

Cuenta Claude Lanzmann que durante el proceso de edición de su película “Shoah”, no sabían cómo nombrar la atrocidad de la que daban testimonio los entrevistados. Incapaces de formular el horror, durante todo el proceso se refirieron a ello como “la Cosa”, hasta que optaron por el término “Shoá”, que venía a definir el crimen industrializado y sistemático del que fueron víctimas 6 millones de judíos.

Este pudor más que lingüístico para “decir lo indecible”, revela hasta qué punto el autor era consciente de la trascendencia de la mera concepción del hecho. Sin embargo el respeto y la comprensión no han conseguido traspasar la capa epidérmica de la sociedad que, o no habla de eso, o habla demasiado frivolamente.

Recientemente denunciábamos el empleo en unas viñetas, supuestamente cómicas, de la imagen del exterminio en Página 12. A pesar de las disculpas del medio y del dibujante, lo sucedido da muestra de hasta qué punto se ha extendido una mirada de superficialidad y banalidad respecto al Holocausto, incluso en un medio que considera que “la defensa de los derechos humanos” forma parte de su “estilo inconfundible”.

Es justo destacar en este campo la labor del diario El País, que desde hace años ha prestado su Tribuna a personalidades implicadas en la pedagogía de la Shoá como Jorge Semprún o Reyes Mate, y que, en Febrero de 2011 se desligaba y despedía a su colaborador Nacho Vigalondo por negar y banalizar el Holocausto en su cuenta personal de Twitter. Página 12 no actuó igual con Gustavo Sala.

No obstante, existen otras formas de banalización que a través de la comparación, recurren al relativismo ético en el que todo vale. Conscientes de la magnitud del hecho, pero obviamente no de su verdadero significado, contrarios al aborto o defensores de los animales no dudan en emplear el término “Holocausto” a la hora de reivindicar sus posturas. Incluso en Israel, un sector ultraortodoxo recurrió a ello en una protesta, llevando a la Knesset a declarar ilegal la utilización política de los símbolos de la Shoá.

Sin duda, este relativismo llega al paroxismo del desprecio a las víctimas cuando éstas son utilizadas como un arma contra su propio pueblo. Aquellos millones que fueron asesinados por ser judíos, hoy son utilizados para condenar al Estado de los judíos. Triste ejemplo de esto fue la comparación realizada por el Nóbel de Literatura, José Saramago, entre Auschwitz y la batalla de Yenin, y ante la que el escritor israelí, Amos Oz, replicó desde el Yediot Aharonot:

“Esta es hoy la comparación preferida de los antisemitas en todo el mundo. Saramago demostró una ceguera moral increíble. [...] Como integrante de la izquierda, como alguien que lucha por el derecho del pueblo palestino a un Estado independiente junto a Israel, veo las declaraciones de Saramago como golpe en la cara a las víctimas de los nazis, los pacifistas en Israel y toda la humanidad.”

Poco importa que todos los estudios serios, la OCDE o la Secretaría de Estado de los Estados Unidos señalen que es antisemitismo:

“Realizar comparaciones entre la política israelí actual y la de los nazis.”

Es evidente que cualquier comparación entre ambas cuestiones responde o bien a un profundo desconocimiento del tema o bien a una agenda ideológica que no entiende ni de realidad ni de rigor histórico. En caso de ignorancia, la solución es sencilla: basta con abrir un libro de historia. En el segundo caso, la cuestión es más compleja, ya que la misma comprensión del Holocausto está pervertida desde la base.

Paradigmática de esta postura ideológica que cierra sus ojos a la verdad y para la que las víctimas judías se han convertido en un mero objeto utilitario, fue la obra de teatro de la actriz y directora Mercedes Lezcano, Conversaciones con Primo Levi, representada en España en el año 2006. La autora utilizaba la figura de Primo Levi para crear un paralelismo entre la Shoá y la situación actual de los palestinos. Su obra concluía con la siguiente reflexión:

"¿Hasta cuándo la barbarie? ¿Cómo un pueblo que ha sufrido tanto puede, años después, infligir a otro tanto dolor?”

El director del diario ABC, Jose María Zarzalejos, respondía con una columna en su diario en la que mostraba su reprobación ante dicha obra teatral a la que calificaba de “tropelía [...] en términos éticos y cívicos”:

“El mensaje brutal y sobresaltado que recibe el espectador -entregado al drama de Primo Levi y de la Shoá que ahora quieren delimitar y hasta negar los nuevos fascistas desde integrismos e izquierdas varias, intelectuales y populistas- es que la conversación con Primo Levi se convierte en una especie de alegato contra la otrora víctima. Emerge con apariencia inocua y, en realidad, inicua, la satanización del Estado de Israel, espejo actual de la Alemania nazi, en la que las víctimas se han convertido en verdugos.”

Otro ejemplo interesante, ya que proviene del líder de la tercera fuerza más votada en España, fue la reflexión de Cayo Lara, coordinador general del partido, Izquierda Unida quien durante la ofensiva de Plomo Sólido manifestó:

"Es triste y lamentable que el pueblo de Israel en su conjunto aunque "una parte" no esté de acuerdo con las decisiones de su Gobierno, no recuerde aquel tiempo en el que toda la humanidad nos movimos en su favor para que no se produjera el exterminio del nazismo"

¿Qué medio se tomo el trabajo de explicar que “toda la humanidad” no se movió a favor de los judíos y que los países que no participaron activamente en su genocidio se limitaron a cerrarles sus fronteras? ¿Qué columnista explicó que no hubo quien evitara que “se produjera el exterminio del nazismo”? ¿Quién puso en contexto esas palabras que parecen responder a una profunda ignorancia? Nadie.

Uno de los personajes de la película de Ernst Lubitch, To be or not to be, (filmada antes de que se hubiera iniciado la Solución Final), afirmaba:

Le dieron el nombre de Napoleón a un brandy, a unos arenques el de Bismark, y terminarán por ponerle el de Hitler a unos pepinillos.

Esta frase parece premonitoria de cómo, poco a poco, a base de frivolidad vamos perdiendo la noción de la dimensión del tema.

Es cierto que el sufrimiento de una víctima siempre es sufrimiento y que el dolor es un proceso individual que no entiende de competiciones. Pero son la finalidad del verdugo y los medios aplicados para este fin los que convierten el Holocausto, o Shoá, en un hecho históricamente singular. Jamás antes, ni después, se planificó la desaparición de un pueblo entero de la faz de la tierra. Se aplicaron técnicas industriales modernas y se construyeron campos de exterminio de una letal eficacia (en Auschwitz-Birkenau, cuatro cámaras de gas alcanzaron a matar hasta ocho mil judíos por día). Al ser conscientes de que perdían la guerra, los nazis centraron sus esfuerzos humanos y económicos en acelerar su Industria de Muerte. El objetivo era terminar con la mayor cantidad posible de judíos. Los raíles de los trenes que llevaban a Auschwitz se alargaron para que llegaran directamente a las cámaras de gas, de modo a no perder tiempo en la consecución del exterminio. El resultado fue de 6 millones de judíos asesinados: 1/3 de la población judía mundial.

Resulta obscena la comparación con un conflicto en el que no existen ni campos de exterminio, ni voluntad alguna de exterminio del pueblo palestino (la población palestina creció un 30% en la última década). Israel no persigue bajo ningún concepto la desaparición del vecino, sino que los dos se encuentran enfrascados en una disputa territorial.

La repetida utilización del símbolo de la Shoá para fines propios además de perversa, sólo tiene una salida posible, y es la de hacernos inmunes a la barbarie. Como dijo el político laborista israelí, Shlomo Ben Ami

”Cuando Auschwitz está en todas partes eso significa que no está en ninguna”

 
         
      Portada | Temas | Países | Publicaciones | Acciones | Sobre Ética | Contáctenos | Enlaces  
         
 
ReVista Copyright 2008-2009