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La controversia en la Facultad de Leyes Cardoso no es una sorpresa a la luz de la historia de Carter
por Dexter Van Zile
12 de Abril de 2013

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Un observador común y corriente puede ser disculpado por peguntarse a qué viene tanto alboroto.

Cuando los editores de la Revista de Resolución de Conflictos de la Cardozo Law School decidieron otorgarle un premio por la paz al ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, desencadenaron una tormenta de controversias. Graduados de esa Facultad, que forma parte de la Yeshiva University en la ciudad de Nueva York, han protestado declarando que “Jimmy Carter es un anatema a las aspiraciones del Pueblo Judío y a la supervivencia del Estado de Israel”.

Gran parte del descontento hacia el ex presidente es una reacción al libro de Carter Palestine: Peace Not Apartheid, publicado en 2006. Un texto cargado de errores que minimizaba la hostilidad palestina y su violencia contra Israel, además de demonizar al Estado Judío. Para muchos comentaristas, tanto judíos como no-judíos, Carter había cruzado una línea con este libro.

Pero no todo el mundo lo sintió de esta manera. A pesar de los errores factuales en su libro Palestine: Peace Not Apartheid, el ex presidente Jimmy Carter continúa gozando de una reserva de credibilidad como comentarista sobre conflicto árabe-israelí en muchos sectores de la sociedad estadounidense –en particular en las principales iglesias protestantes y en la izquierda evangélica-.

Esta credibilidad se debe en parte a su reputación como devoto y reflexivo. La participación de Carter en Habitat for Humanity, una organización cristiana que construye hogares para los necesitados, y su devoción por la Iglesia Baptista Maranatha en Plains, Georgia, donde ha impartido clases de Biblia para adultos desde 1982, han pulido su reputación como un hombre de fe y buenas intenciones.

La admiración por Carter atraviesa fronteras confesionales. El padre Robert Drinam, un cura católico, aclamó el libro de Carter de 1996, Living Faith, en términos reverenciales, escribiendo que Carter es “un cristiano que acepta la Biblia como la palabra de Dios y a Cristo como la mayor gracia que Dios ha otorgado a todos sus hijos e hijas (National Catholic Reporter, 30 de mayo de 1997)”.

La reputación del presidente Carter como un cristiano reflexivo y progresista fue cimentada por su decisión de disociarse de la Southern Baptist Convention (en tanto permanecía aún como miembro de su iglesia local) en 2000 debido a lo que él mismo denominó las doctrinas “cada vez más rígidas” de dicha denominación, particularmente las relativas a las mujeres en el púlpito (Cox News Service, 19 de octubre de 2000). El Atlanta-Journal Constitution comparó la decisión de Carter de abandonar la SBC con la caída del Muro de Berlín (25 de octubre de 2000). Su partida provocó, incluso, una manifestación de tristeza del presidente, teológicamente conservador, de la denominación, el Reverendo James Merritt, que designó al ex presidente como “un hombre de fe sincera (Cox News Service, 19 de Octubre de 2000)”.

El respeto a Carter como un cristiano devoto supuso una gran ventaja para el ex presidente en el debate de su libro cargado de errores Palestine, Peace Not Apartheid. Debido a su reputación como un cristiano bien intencionado, los comentaristas tienden a minimizar, excusar, o ignorar por completo las inexactitudes fácticas presentes en el texto. Por ejemplo, Charles Kimball, en la edición del 1 de abril de 2007 de Sojourners, una revista para cristianos progresistas, reconoció errores en el libro, pero se abstuvo de ofrecer una fuerte crítica de los mismos. Luego de admitir que un pasaje de la página 213 del libro de Carter “puede interpretarse como que implica que el terrorismo y los atentados suicidas tienen validez”, Kimbal escribe:

A pesar de que el libro y que el trabajo de Carter no dejan lugar a dudas de que denuncia el terrorismo, reconoció en Brandeis que esta frase fue un serio error, ‘impropio y estúpido' en su articulación, y prometió que todas las futuras ediciones se corregirían.

Palestine: Peace Not Apartheid está enmarcado por la orientación baptista de Carter, con raíces profundamente emocionales y religiosas en Tierra Santa. Como un seguidor sin complejos de Jesús, Carter se toma en serio la llamada a ser un agente de la reconciliación en un mundo “quebrado y doliente”.

A continuación, Kimball compara, de manera favorable, a Carter con John Hagee, fundador de Chistians United for Israel, un “pre-milenarista dispensacionalista que sostiene fervientemente que estamos en la sombra del fin de los tiempos”. En resumen, Kimball invoca las creencias religiosas de Carter para colocar sus errores en un contexto amable y luego lo diferencia de cristianos como Hagee, a quien condena por su apoyo “incondicional” a Israel.

Otro ejemplo de cómo la reputación de Carter como un devoto cristiano se utilizó para distraer la atención de los errores en su libro, tuvo lugar cuando Krista Tippett, una presentadora de la radio pública, entrevistó a Carter el 26 de abril de 2007. Durante la entrevista, Tippett se abstuvo de enfrentarlo con los errores, declarando que “Jimmy Carter ha debatido ampliamente sobre esta controversia, y se ha disculpado en parte. Decidí no volver sobre el terreno durante el tiempo limitado que tuve con él. En su lugar, quería tener una idea del cristianismo básico que formó a Jimmy Carter y que ha sostenido sus acciones en la Casa Blanca y desde entonces”.

En tanto los comentaristas están dispuestos a pasar por alto los errores factuales del ex presidente debido a sus creencias religiosas, parecen estar desinteresados en evaluar cómo sus creencias cristianas “sostienen” su actitud hacia el moderno Estado de Israel. Mientras que Carter no es pre-milenarista dispensacionalista, sus escritos dejan perfectamente claro que las representaciones bíblicas del antiguo Israel ocupan un lugar destacado en su imaginario religioso, y colorea sus puntos de vista acerca del moderno Estado de Israel.

Cuando el general israelí Yitzhak Rabin invitó a Carter a Israel en 1973, Carter, que entonces era Gobernador de Georgia y que se preparaba discretamente para su postulación en 1976 a la presidencia, respondió de manera entusiasta:

Habiendo estudiado las lecciones de la Biblia desde mi infancia y habiéndolas enseñado durante 20 años, estaba enamorado de la Tierra Santa, y mi esposa, Rosalyn, y yo dispusimos todo para aceptar su invitación en 1973. En preparación para este viaje, estudiamos minuciosamente mapas y repasamos tanto la historia antigua como la moderna de Israel. Nuestra opción de cómo pasar los 10 días de visita fue una serie de compromisos, porque yo estaba dividido entre el placer de visitar los lugares sagrados cristianos que siempre había anhelado conocer, y saber que debería concentrarme en prepararme para otra carrera política. (Palestine: Peace Not Apartheid, página 22).

La actitud de Carter hacia Tierra Santa difiere de la de los sionistas cristianos. A diferencia de Hagee, Carter ha llamado repetidamente a Israel a que se retire de la Franja de Gaza y Cisjordania (que Hagee considera como otorgadas por Dios al Pueblo Judío). No obstante, sí cree que Dios le ha dado alguna porción de tierra en Oriente Medio al Pueblo Judío. En una entrevista del 16 de noviembre de 2006 con Jennifer Siegel, que escribe para Forward.com, Carter declaró que su convicción es “Dios ordenó que los judíos debían tener una patria allí, y creo que el derecho internacional a partir de 1948 dice lo mismo, y eso es lo que creo”.

Pero, como muchos cristianos con quienes discrepa sobre la presencia israelí en Cisjordania, Carter considera la patria judía de manera contingente a la fidelidad de su gente y de sus líderes a las leyes que emanan de la promesa de tierra por parte de Dios tal como se describe en las escrituras hebreas. En un extenso pasaje de su libro The Blood of Abraham, de 1985, acerca del conflicto árabe-israelí, Carter relata la historia del antiguo Israel, haciendo especial hincapié en las responsabilidades que vienen junto con la tierra de Israel.

Dios prometió a David que, debido a su fidelidad, su reino sería establecido para siempre.

Sin embargo, Moisés había dejado claro a los israelitas que las promesas de Dios siempre obligan a su pueblo elegido a ser obediente y fiel al pacto y a la ley divina. David y su hijo Salomón, tuvieron muchos sucesores, casi todos ellos desobedientes, bajo los cuales la tierra fue gobernada como dos naciones separadas, Judea e Israel. Ambas naciones fallaron a la hora de cumplir los estándares de lealtad y justicia y, en consecuencia, fueron destruidas por sus enemigos; Israel cerca del 722 A.C. y Judea cerca del 586 A.C. Los judíos fueron tomados cautivos, pero algunos de ellos llegaron posteriormente a Jerusalén, donde vivieron bajo dominio extranjero, aunque pudieron preservar sus costumbres y su fe religiosa. (The Blood of Abraham).

Es importante señalar que la historia que relata Carter obvia un hecho importante: los judíos, luego de retornar del cautiverio babilónico, no siempre vivieron bajo domino extranjero. Fueron independientes desde tiempos de la rebelión jasmonea hasta el sometimiento del reino judío a Roma; un período unos cien años.

En cualquier caso, tanto en The Blood of Abraham como en Palestine: Peace Not Apartheid, Carter deja claro, según su manera de pensar, que las reglas que devienen con una presencia judía en Israel no son vestigios de la historia judía con un valor heurístico para toda la humanidad, sino que son principios vigentes que pueden ser utilizados para evaluar y juzgar a la sociedad israelí moderna. En esencia, Carter distingue la reivindicación judía de un Estado como distinta de aquella de cualquier otra comunidad étnica/nacional. Otros tienen lo que se reconoce generalmente como un “derecho a la auto-determinación” virtualmente universal. En contraste, los judíos tienen derecho a su Estado, según la visión de Carter, sólo si adhieren a la obediencia y a la fidelidad que comanda la Biblia hebrea. Es más, Carter se erige en juez de esa obediencia y fidelidad.

En The Blood of Abraham, Carter relata su consternación ante la falta de interés religioso en Ayelet Hashahar, un kibutz en el norte de la Galilea que visitó durante su viaje en 1973.

Era Shabat, y preguntamos si podíamos asistir al servicio religioso. A la hora convenida, entramos en la sinagoga y nos quedamos de pie, en silencio, junto a la puerta. Había sólo otros dos fieles. Cuando pregunté si esto era algo usual, nuestro guía nos brindó una sonrisa irónica y encogió los hombros como si, de todas maneras, no fuese importante. (The Blood of Abraham).

Unas pocas páginas más adelante, describe cómo trajo a colación el tema de la aparente falta de fidelidad de Israel durante una reunión con la primera ministra Golda Meir:

Ella no estaba presionada por asuntos de Estado esa mañana, por lo que nos extendimos en la conversación. Cuando me preguntó si tenía alguna duda o preocupación, le respondí que tenía una de naturaleza religiosa que había dudado si mencionarla. Sabía que ella había nacido en Rusia y que ni ella ni los miembros clave de su gabinete eran conocidos por ser judíos devotos. Con una sonrisa me invitó a que prosiguiera, y entonces le comenté sobre el servicio de sabbath (sic) en Ayelet Hashahar y la ausencia generalizada de interés religioso entre los israelíes. Comenté que durante los tiempos bíblicos, los israelitas triunfaron cuando estuvieron cerca de Dios, y fueron vencidos cuando fueron infieles. Ella rió y estuvo de acuerdo conmigo, pero agregó que este no era un motivo de preocupación para ella porque había, ciertamente, suficientes judíos “ortodoxos” alrededor. Se estaba refiriendo a los judíos religiosos en el parlamento de Israel, que a veces eran una verdadera espina. Y añadió, “Si asiste a una sesión de la Knesset, usted los verá en acción y se dará cuenta que no han perdido su fe”. Con el sistema electoral israelí, que precisa de una coalición de partidos para formar una mayoría gobernante, los partidos religiosos minoritarios tenían una influencia que excedía en mucho su fuerza numérica. (The Blood of Abraham).

En Palestine, Peace Not Apartheid, Carter describe las afirmaciones que realizó ante Meir en relación con las obligaciones religiosas de Israel de manera más acentuada:

Vacilando un poco, dije que durante mucho tiempo había dado clases sobre las escrituras hebreas y había un patrón histórico común en el hecho de que Israel fue castigado cada vez que los líderes se alejaron de la devota adoración de Dios. Le pregunté si estaba preocupada por la naturaleza secular de su gobierno laborista. Ella encendió un cigarrillo con otro, y dijo que los judíos “ortodoxos” aún existen y pueden asumir esa porción de la responsabilidad de la nación. Se estaba refiriendo a los judíos religiosos en el parlamento de Israel, que a veces eran una verdadera espina. Y añadió, “Si asiste a una sesión de la Knesset, usted los verá en acción y se dará cuenta que no han perdido su fe”. Con el sistema electoral israelí, que precisa de una coalición de partidos para formar una mayoría gobernante, los partidos religiosos minoritarios tenían una influencia que excedía en mucho su fuerza numérica.

Estos pasajes revelan una inquietante mezcla de derecho cristiano e inconsistencia. Carter, como cristiano, se siente, una vez más, perfectamente libre para evaluar la legitimidad del moderno Estado de Israel según una escala de fidelidad de la fe judía, incluso cuando se lamenta de la influencia indebida de los judíos ortodoxos en la política israelí. A su vez, se erige nuevamente como juez de la fidelidad judía a la fe judía. Además, su criterio para dicha fidelidad es selectivo. Por ejemplo, una parte sustancial del precepto bíblico implica el ritual del Templo. ¿Sostendría Carter que los judíos de Israel son negligentes porque, habiendo logrado el control del Monte del Templo en 1967 no han reconstruido el Templo y reinstituido el ritual en el mismo?

Esto no sólo ilustra la selectividad del presidente Carter a la hora de constituirse en juez de los deberes y obligaciones religiosos judíos que, a su modo de ver, son esenciales para que los judíos merezcan su Estado, sino que subraya el hecho de cómo Carter le niega a los israelíes el derecho a determinar por sí mismos cómo seguirán los dictados de su conciencia – un derecho de libertad de conciencia que fácilmente se concedió a sí mismo cuando dejó la Southern Baptist Convention. Para Carter los judíos no son un pueblo como cualquier otro, sino un pueblo comprometido con una especial obligación de ser fiel – según su interpretación – al Dios del Antiguo Testamento.

Carter no es el único que piensa así. En la edición de octubre de 1984 de Theology Today, A. Roy Eckhart, un comentarista sobre las relaciones judeo-cristianas, condenó el impulso cristiano de convertir a los judíos en un “testigo especial de Dios, les guste o no”.

Si los judíos desean optar por una identidad religiosa, bien – y lo mismo vale para su ‘desreligionización'. De una u otra manera, la determinación es exclusivamente suya, no de los cristianos.

Una ironía adicional es que, para el presidente Carter, la legitimidad de Israel depende de la adhesión a una religión hacia la cual él ha exhibido un recelo inquietante. Esta desconfianza del judaísmo se hace evidente en las grabaciones de las lecciones de Biblia de Carter en la Maranatha Baptist Church en Plains, Georgia, publicadas por Simon and Schuster en 2007. Las lecciones, grabadas en 1998 y publicadas bajo el título Sunday Mornings in Plains, Bible Studies with Jimmy Carter: Leading a Worthy Life, revelan una preocupante tendencia a utilizar el judaísmo como un telón de fondo negativo para resaltar los atributos positivos de la cristiandad.

Por ejemplo, Carter habla extensamente sobre la hostilidad judía hacia los cristianos y samaritanos y sobre cómo el Apóstol Pablo apuntaba a los creyentes de Cristo para su muerte o encarcelamiento. “Esta fue la razón de existir de Pablo. Todo su compromiso consistía en abolir esta lacra de la humanidad – gentiles que afirmaban tener una relación aceptable con el Dios Todopoderoso”, dice.

Carter habla también sobre cómo Cristo fue casi asesinado a manos de la “gente de su propio pueblo natal” por referir cómo “los antiguos profetas habían bendecido a no-judíos” y cómo Cristo sólo fue agradecido por un leproso no-judío de un grupo de diez que él había sanado. También describe las normas judías de la pureza ritual de manera tal que retrata a los judíos del siglo primero como parroquianos suspicaces y fanáticos. “Si un judío se casaba con un gentil, esa persona se consideraba muerta”, afirma. “Si un judío entraba en la casa de un gentil, ¿cómo se consideraba ese judío? Impuro, y debía pasar por una ceremonia religiosa para purificarse de manera que pudieran adorar en el Templo”.

Carter asegura que su intención no es criticar a los judíos, “sino que estamos tan sólo intentando advertir del cambio histórico, del cambio transformador que tuvo lugar cuando Jesús llegó”. Sin embargo, las referencias negativas resultan en una resentida y mal intencionada distorsión de la verdadera práctica judía y crean la imagen de un pueblo localista y hostil que se eriza al ser recordado de los principios elevados de su fe.

Sin duda, Carter reconoce que los cristianos se han comportado de forma divisiva el uno hacia el otro, pero incluso este reconocimiento es seguido por el énfasis de lo al margen que los judíos están respecto del resto de la humanidad. Hablando sobre lo diferente que sería el mundo si protestantes y católicos, conservadores y liberales, amish y menonitas pudiesen reunirse y solucionar sus diferencias, Carter agrega: “Si pudiéramos extender la mano con amor, incluso por los judíos”.

Carter no es el único comentarista cristiano en establecer al judaísmo con un telón de fondo negativo contra el cual luego resalta la superioridad de Cristo y de la cristiandad. Amy-Jill Levine ha escrito extensamente sobre esta tendencia en su libro The Misunderstood Jew (HarperSanFrancisco, 2007). Predicadores cristianos y teólogos han utilizado desde hace largo tiempo caricaturas negativas e inexactas del judaísmo para destacar la superioridad de su propia fe. En particular, Levine escribe que los judíos han sido retratados como “estrechos, cerrados, particularistas, y xenófobos, en tanto que Jesús y la Iglesia se dedican a la difusión universal”.

Levine señala una reveladora contradicción por parte de muchos comentaristas cristianos progresistas:

Irónicamente, cuando los judíos en el Nuevo Testamento son vistos como queriendo preservar sus propias tradiciones, de dieta y circuncisión, de práctica en la sinagoga y de formar de adorar, los lectores cristianos a veces están inclinados a considerar estos esfuerzos como retrógrados o exclusivos. Hoy en día, cuando cualquier otro grupo étnico o religioso busca mantener su propia integridad a pesar de la presión cultural hacia la asimilación, se estima positivamente como una promoción de la identidad, una resistencia al colonialismo y una celebración de su herencia.

Está claro que la valoración que hace Carter del judaísmo del primer siglo tiñe su visión del moderno Estado de Israel y sus líderes. Por ejemplo, en The Blood of Abraham, Carter describe a Menachem Begin como un judío devoto pero territorial, indiferente a los lazos comunes de las tres Fes abrahámicas.

Un dedicado estudiante [Begin] de la Biblia citó, en ocasiones, pasajes de las escrituras, tal como “Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza”, para hacer hincapié en por qué no compartiría la autoridad en Jerusalén. Sin embargo, no recuerdo ninguna ocasión en la que iniciara una discusión sobre la cristiandad o el islam o participara en algún análisis de creencias religiosas. De hecho, los comentarios de Sadat parecen provocar en Begin un cierto desconcierto.

Este no es el único caso en el que la opinión de Carter sobre el moderno Israel cuadra perfectamente con su actitud hacia el judaísmo del siglo primero. En Palestine: Peace Not Apartheid, Carter traza una línea recta entre las ofensas de los judíos del primer siglo y las ofensas del moderno Israel. Describiendo su viaje a Israel en 1973, Carter escribe:

Fue especialmente interesante visitar a algunos de los pocos samaritanos que sobreviven, que se quejaron de que sus sitios sagrados y su cultura no estaban siendo respetados por las autoridades israelíes – la misma protesta escuchada por Jesús y por sus discípulos casi dos mil años antes.

Este pasaje provocó una fuerte amonestación por parte Jeffrey Goldberg, que en el Washington Post escribió que “No hay, por supuesto, referencias a las ‘autoridades israelíes' en Biblia Cristiana. Sólo un hombre que ve a Israel como un descendiente lineal de los fariseos puede escribir una frase así”.

A la luz de bien documentada antipatía de Carter hacia Israel, tan evidentemente manifiesta en su libro de 2006, Palestine: Peace Not Apartheid, la controversia que está teniendo lugar en Cardoso Law School no debería suponer ninguna sorpresa.

Ninguna sorpresa en absoluto.
 
 

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(Una version previa de este ensayo apareció originalmente como "Carter's Faith: Habitat for Hostility" en Bearing False Witness: Jimmy Carter's Palestine: Peace Not Apartheid, un monográfico publicado por el Committee for Accuracy in Middle East Reporting in America in 2007.)

Traducción Grupo ReVista

Original en inglés de CAMERA, publicado el 10/04/2013

 
         
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