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Juzgado (redacción) de guardia
por Marcelo Wio
4 de Setiembre de 2014

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Temprano en la vida me había dado cuenta de que no hay ningún acontecimiento del que se informe correctamente en un periódico, pero en España, por primera vez, vi informes de prensa que no guardaban ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que está implícita en una mentira ordinaria. … Vi, de hecho, cómo se escribía la historia no en términos de lo que había sucedido, sino de lo que debería haber sucedido según distintas ‘líneas del partido'”, George Orwell (sobre la cobertura de la guerra civil española; 1942)
 
 
Israel es culpable aunque se demuestre lo contrario. Los estándares especiales que se le aplican al Estado Judío garantizan dicha culpabilidad.

Al menos, es lo que se infiere de la cobertura que la gran mayoría de medios de comunicación hace del conflicto palestino-israelí – particularmente durante la reciente operación defensiva israelí.

Una cobertura en la que abunda la crónica-señalamiento (con hebras de moralina): el periodista se erige en juez y parte del conflicto, tomando una posición ideológica clara respecto del mismo.

Y ese abandono de la profesionalidad periodística se exhibe como una virtud, siempre y cuando, por supuesto, signifique señalar a Israel como el arquetipo del “violador de derechos humanos”, del “criminal de guerra”, del “genocida”; del mal, en definitiva.

El ex periodista de la BBC y ex portavoz y funcionario del brazo diplomático de la ONU en Jerusalén, Richard Miron escribía:

“Israel debe rendir cuentas, no en comparación con cualquier otro lugar de Medio Oriente, sino más bien con otros ejércitos occidentales que operan en condiciones similares. Y sin embargo, al leer y ver la cobertura de Gaza, parece que los medios de comunicación someten a Israel a un estándar completamente diferente. Las bajas civiles [durante la última guerra de Gaza] fueron retratadas a menudo como consecuencia de la deliberada venganza y derramamiento de sangre israelíes”.

“Si bien ha habido algunos cuestionamientos por los medios de comunicación sobre la extensión de los daños civiles (ascendiendo a decenas de miles) en Afganistán, Irak y otros lugares, ha sido silenciosa en comparación a Gaza”.

Por su parte, Matti Friedman, ex periodista de la agencia de noticias Associated Press, aseguraba que

Un periodista que trabaje en la prensa internacional aquí [Israel] entiende rápidamente qué lo que es importante en la crónica israelí-palestina, es Israel. Si uno sigue la cobertura de los principales medios, no se encuentra casi ningún análisis real de la sociedad palestina o las ideologías, los perfiles de los grupos armados palestinos, o investigaciones del gobierno palestino. Los palestinos no se toman en serio como agentes de su propio destino.

Occidente ha decidido que los palestinos deberían querer un estado al lado de Israel y esta opinión se les atribuye como un hecho, aunque cualquiera que haya pasado tiempo con los palestinos reales entiende que las cosas son (comprensiblemente, en mi opinión) más complicadas. Lo que son y lo que quieren no es importante: el mandato es que sean las víctimas pasivas de la parte que sí importa”.
 
 
 
El Dr. Fabián Mensías Pavón, profesor de Psicología Jurídica de la Universidad Central del Ecuador, apuntaba (Definición de testimonio y testigo):

La Prueba tiene la finalidad de proporcionar al juez o tribunal el convencimiento necesario para tomar una decisión acerca del litigio. No bastan las alegaciones de las partes.

Como definición de la prueba, diremos que: ‘Es un instrumento o acto que sirve en un proceso para declarar un derecho'.

Otra definición manifiesta: ‘Son los medios por los cuales la inteligencia llega al descubrimiento de la verdad'.

La Prueba Testimonial durante mucho tiempo ha sido considerada como inexacta y en muchos casos falsa, ya que es muy difícil que todos los testigos declaren la verdad de lo presenciado y mucho más la verdad de lo sucedido. Entonces la disyuntiva nace en que el testigo es un aporte a muchos de los elementos que nacen del supuesto delito pero no puede aclarar todos…”.

Marcelo A. Sancinetti, profesor de Derecho Penal y Procesal Penal de la Universidad de Buenos Aires, en tanto, en su ensayo Testigo único y principio de la duda advertía que:

“…la conclusión de que una condena basada en un testimonio único –y muy especialmente si el testigo es el acusador del proceso– nunca tendría una base objetivamente suficiente como para alcanzar una “certeza personal”, que no sea por vía de un “pálpito” o “corazonada”. Carecería de sentido la exigencia de un tribunal imparcial, si éste pudiera basar su sentencia condenatoria, exclusivamente, en los dichos de un testigo absolutamente parcial”.

Finalmente, el Prof. Dr.Emilio Cortés Bechiarelli, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Extremadura (Presunción de inocencia y libre valoración de la prueba en el proceso penal español; XIV Seminario Internacional de Filosofía del Derecho y Derecho Penal) caracterizaba y planteaba las particularidades, algunas problemáticas, que se presentan a propósito de la libre valoración de la prueba. Entre ellas mencionaba:

“La posibilidad nociva que tienen los jueces de seleccionar, con base a la libre valoración de la prueba y entre las diferentes declaraciones o testimonios que hacen parte del proceso, la declaración o testimonio que mejor se les ajuste”.

“Las pruebas documentales y periciales son mucho más fiables que las testimoniales, que son las más volubles, las que más cambian”.

“… lo dañinas, por lo subjetivas, que resultan para el proceso las declaraciones de los testigos víctimas, de los testigos con interés, los cuales para empezar, no sienten ninguna simpatía por la persona procesada…”.
 
 
 
 
 
En este contexto, la prueba (razón o argumento) es la acusación – o la repetición de ésta - (y el “consenso” de las calles indignadas a partir de la acusación), y la acusación es la prueba. La prueba, así, es la “confirmación” de la acusación; del prejuicio.
 
 
 
El prejuicio es la prueba

Agustín Moreno Fernández, de la Universidad de Granada (Descripción y fases del mecanismo del chivo expiatorio en la teoría mimética de René Girard) ilustraba que el “chivo expiatorio” hace referencia al ritual que se describe en el capítulo XVI del libro del Levítico, al macho cabrío que se ofrecía en sacrificio para la expiación de los pecados.

Y explicaba que en la actualidad, el sentido (psicosocial) más popular y usual del término, “alude a los fenómenos de transferencia de culpabilidad que podemos observar a nuestro alrededor”.

De la misma manera, Israel parece ser ofrecido en el altar de la moral occidental para la expiación de las transgresiones occidentales a esa propia moral; para poder, en definitiva, aplicar las valoraciones y los juicios emanados de esa moral exacerbada. Es decir, a Israel se le endosan todos los males (acumulativamente, incrementados, hiperbólicos) para que la comunidad internacional pueda pasar por alto lo que sucede a su alrededor – en mayor escala y brutalidad, y muchas veces de manera más evidente.

Matti Friedman resumía una larga historia de señalamientos y acusaciones que llegan al presente, de la siguiente manera:

“Durante siglos, los judíos apátridas desempañaron el papel de pararrayos de la mala voluntad entre la mayoría de la población. Eran el símbolo de las cosas que estaban mal. ¿Quería uno señalar que la avaricia era mala? Los judíos eran codiciosos. ¿Cobardía? Los judíos eran cobardes. ¿Era usted un comunista? Los judíos eran capitalistas. ¿Era usted un capitalista? Los judíos eran comunistas. La falla moral era el rasgo esencial del judío.

[…]

Hoy en día, la gente en Occidente tiende a creer que los males de la época son el racismo, el colonialismo y el militarismo. El único país judío del mundo ha hecho menos daño que la mayoría de los países de la tierra, y más bien. Y sin embargo, cuando la gente fue en busca de un país que simbolizara los pecados de nuestro soñado nuevo mundo post-colonial, post-militarista, post-étnico, el país que eligieron fue éste.

Cuando los responsables de explicar el mundo al mundo, periodistas, cubren la guerra de los judíos como un suceso más digno de atención que cualquier otro, cuando retrata los judíos de Israel como la parte obviamente equivocada, cuando omiten todas las posibles justificaciones para las acciones de los judíos y ocultan la verdadera cara de sus enemigos, lo que están diciendo a sus lectores – intencionalmente o no- es que los judíos son el peor pueblo de la tierra. Los judíos son un símbolo de los males que a la gente civilizada se le enseña desde una edad temprana a aborrecer. La cobertura de la prensa internacional se ha convertido en una obra de teatro moral protagonizada por un villano familiar.

[…]

Los judíos de Israel son la pantalla sobre la cual se ha convertido en socialmente aceptable proyectar las cosas que uno odia de sí mismo y de su propio país. La herramienta con la que se ejecuta esta proyección psicológica es la prensa internacional”.

Si la culpabilidad está predeterminada, no hay argumento, razón, defensa o descargo posible. Ya está dada, pase lo que pase: una realidad estática, permanente, sin causas ni efectos. Un solo sujeto al que exigirle responsabilidades, fundándose en un facilismo casi atávico que ha elegido hace tiempo un culpable ideal, universal: el mal, la maldición. El prejuicio que perdura, a prueba de razones y evidencias. Pervive cambiando sin cambiar; como una muda de ropajes que no modifica el gesto, los tics, las palabras – como mucho, apenas disfrazadas de actualidad, indignación, humanismo.

La acusación-veredicto-condena – “genocidio”, “Holocausto palestino”, “crímenes de guerra”, “violaciones a los derechos humanos”, “castigo colectivo”, “ataque desproporcionado”, “asedio”, “masacre”, “asesinato”, etcétera – está pronta a ser emitida; siempre dispuesta en la caja de palabras reservada para confeccionar las crónicas sobre Israel. Que la realidad sea otra poco importa cuando lo que se pretende no es dar cuenta de la misma, sino crear una a la medida de la acusación-condena elaborada incluso antes de la ocurrencia del suceso.

Además, si Israel representa el “mal”, quien lo señale estará, siempre, moralmente justificado (puesto que estará, lógicamente, del lado del “bien”).
 
 
 
 

Ejemplos de las formas en que el antisemitismo se manifiesta en relación al Estado de Israel son:

· Negar al pueblo judío el derecho de autodeterminación, por ejemplo afirmando que la existencia del Estado de Israel es un proyecto racista.

· Aplicar una doble moral exigiendo al Estado de Israel un comportamiento que no se espera y demanda de ningún otro Estado democrático.

· Usar símbolos e imágenes asociadas con el antisemitismo clásico (por ejemplo, la acusación de que los judíos asesinaron a Jesús o el libelo de la sangre) para caracterizar a Israel o a los israelíes.

· Realizar comparaciones entre la política israelí actual y la de los nazis.

· Responsabilizar colectivamente a los judíos por acciones del Estado de Israel.

Sin embargo, críticas a Israel comparables a las que se hacen a cualquier otro país no pueden ser consideradas antisemitas.
 
 
 
 
La acusación se termina por convertir en un credo que debe ser confirmado como sea: omitiendo o falsificando la realidad. De esta manera, aunque las “pruebas” a favor de esa creencia sean revocadas, ésta sigue en pie, incólume: la percepción de la realidad intenta ser coherente con las creencias que se sostiene desde una posición de superioridad moral, para lo cual, la acusación debe ser, en sí misma, la ratificación de la culpabilidad que denuncia.
 
 
 
¿Por qué tanta cobertura?

Yo siempre seré una florista para el profesor Higgings, porque él me trata como a una florista y siempre me tratará así. Pero sé que para usted puedo ser una dama, porque usted me trata como una dama, y siempre me tratará así”, Bernard Shaw, Pygmalion

La prensa no tiene mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar, pero sí lo tiene en decir a sus lectores sobre qué tienen que pensar”, B. C. Cohen, The Press and Foreign Policy (1963)

 
Una de las posibles explicaciones a la sobredimensionada cobertura del conflicto entre palestinos e israelíes – muchas veces realizado a través crónicas-señalamientos con hebras de moralina -, la ofrecía Richard Miron.

Miron consideraba:

“La apertura y la seguridad relativa para los periodistas de Israel y, por la extensión, de Gaza, lo han convertido en el ‘conflicto conveniente'. Como corresponsal, me beneficié del acceso casi ilimitado a informar; excelentes infraestructuras de comunicaciones (Internet rápida, estudios de TV bien equipados, amplias oficinas de noticias locales), cortas distancias entre localizaciones (esencial para noticias de última hora), buenas conexiones aéreas entre Tel-Aviv y el mundo exterior, así como hoteles decentes con barras bien abastecidas. Todos estos factores hicieron de esta esquina de Medio Oriente la utopía de un periodista.

Por las mismas razones se ha convertido en un lugar conveniente para que funcionen las organizaciones políticas y humanitarias internacionales. Durante mi tiempo con la ONU en Jerusalén, había aproximadamente 23 agencias y organizaciones distintas que trabajan en el territorio palestino ocupado. Era - un ex alto funcionario me dijo - la concentración más grande per cápita de recursos de la ONU en el mundo - más que en Irak o Siria con millones de desplazados; más que en el Congo o la República Centroafricana, azotados por conflictos, violaciones graves de los derechos humanos y enfermedades”.

Mas, ¿solo esto explica esa atención casi obsesiva prestada al conflicto palestino-israelí y, más precisamente, a Israel?

José María Rubio Ferreres, profesor titular en el Departamento de Filosofía II de la Universidad de Granada, comentaba (Opinión pública y medios de comunicación. Teoría de la agenda setting) que el modelo que ha explicado con más éxito los efectos que producen los medios de masas y cuáles son sus relaciones con la opinión pública ha sido la teoría de la agenda setting, que está enmarcada en los estudios de los efectos a largo plazo.

Y explicaba:

“En dicha teoría se enfatiza el poder de los medios de comunicación para atraer la atención hacia ciertos temas o problemas y al mismo tiempo crear los marcos de interpretación de los acontecimientos sociales. Los medios, informando sobre la realidad externa, presentan al público una lista de los temas que serán objeto de la opinión pública.

El sociólogo Robert Park dio mucha importancia a la influencia señalizadora de las noticias. McCombs refuerza esta idea al afirmar que… ‘Los editores y directores informativos, con su selección día a día y su despliegue de informaciones, dirigen nuestra atención e influyen en nuestra percepción de cuáles son los temas más importantes del día. Esta capacidad para influir en la relevancia de las cuestiones del repertorio público es lo que se ha dado en llamar la fijación de la agenda por parte de los medios informativos'”.

“La selección de las noticias más importantes dada al inicio de los informativos, la noticia o noticias que aparecen en la primera página de los periódicos, el tamaño de los titulares, la extensión de una noticia y el insistir en ella un día y otro día, apuntan hacia la determinación de la importancia de los acontecimientos y ponerlos en el centro de atención de la opinión pública. Son los medios lo que trazan las pistas sobre la importancia de los temas de la agenda diaria. En cuanto al público, éste recurre a esas pistas de relevancia para organizar y también decidir cuáles son los temas más importantes que atraen su atención. De ahí que la agenda de los medios de información se convierte en la agenda pública. En otras palabras, los temas de preocupación más destacados se transforman en temas de preocupación más importantes. Esta es la tesis central de la teoría de la agenda setting”.

Esta teoría – ahondaba Rubio Ferreres - sostiene que “como consecuencia de la acción de los periódicos, de la televisión y de los demás medios de comunicación, el público es consciente o ignora, presta atención o descuida, enfatiza o pasa por alto, elementos específicos de los escenarios públicos. La gente tiene a incluir o a excluir de sus propios conocimientos lo que los media incluyen o excluyen de su propio contenido. El público además tiende a asignar a lo que incluye una importancia que refleja el énfasis atribuido por los mass media a los acontecimientos, a los problemas, a las personas”. Y matizaba diciendo que los medios no buscan primeramente persuadir, sino que al describir y precisar la realidad social externa, presentan al público la lista de todo aquello en torno a lo que la opinión pública debe opinar y debatir.

En este sentido, Friedman afirmaba que la mayoría de los periodistas que estuvieron en Gaza cubriendo la operación israelí Margen Protector creían que su trabajo consistía en documentar “la violencia israelí dirigida a los civiles palestinos. Esa es la esencia de la historia-Israel”.

Además, sostenía que las lagunas en la información que se dieron en la cobertura de dicha operación, a menudo no son descuidos, sino que responden a una política. Y contaba:

“A principios de 2009, por ejemplo, dos colegas míos obtuvieron información de que el primer ministro israelí, Ehud Olmert, había hecho una importante oferta de paz a la Autoridad Palestina varios meses antes, y que los palestinos la habían considerado insuficiente. Esto no había sido informado aún y era -o debería haber sido - una de las noticias más importantes del año. Los periodistas obtuvieron confirmación de la historia de ambos lados, y uno incluso vio un mapa; pero los más altos editores de la oficina decidieron no publicarla.

Algunos miembros del personal estaban furiosos, pero eso no ayudó. Nuestra narrativa era que los palestinos eran moderados y los israelíes recalcitrantes y cada vez más extremos. Por lo tanto, informar sobre la oferta de Olmert… haría que esa narrativa pareciera un sinsentido. Y así, se nos instruyó ignorarla; lo que hicimos por más de un año y medio.

Esta decisión me enseñó una lección que debería quedar clara a los consumidores de la historia-Israel: Muchas de las personas que deciden lo que se va a leer y ver sobre lo que ocurre aquí consideran que su papel no es tan explicativo como político. La cobertura es un arma para ser puesta a disposición de la parte que les gusta”.

Entonces, no parece ser la demanda de la opinión pública la que, de alguna manera, obliga a los medios a ofrecerles determinada información. Sino, más bien, se da un proceso en sentido inverso: los medios de comunicación crean esa supuesta demanda a través de la determinación de la importancia de los acontecimientos, al ubicarlos en el centro de atención de la opinión pública.

 
 
 
¿Cuál, es, para Friedman, la “historia-Israel”?

Ante todo, el ex redactor de Associated Press manifestaba se trata de una historia acuñada por la prensa internacional “sobre la que hay sorprendentemente poca divergencia entre los relatos distribuidos por los principales medios, y que, como la palabra ‘historia' sugiere, es una construcción narrativa que en gran parte es solo ficción”.

Esta “historia” (o crónica, relato), según Friedman, se enmarca en la búsqueda de una “solución de dos estados”. En este contexto, se da como un hecho aceptado que el conflicto entre israelíes y palestinos, lo que implica que se trata de un conflicto localizado en un terreno sobre el que Israel controla – “y que equivale al 0,2 por ciento del mundo árabe” -, en el que los judíos son una mayoría y los árabes una minoría.

En cambio, para Friedman el conflicto se describe con mayor precisión como “árabe-israelí”, o “judío-árabe”, es decir, “un conflicto entre los 6 millones de judíos de Israel y los 300 millones de árabes en los países vecinos. Este es el conflicto que se ha estado jugando en diferentes formas desde hace ya de un siglo, antes de que Israel existiera”.

Mas, de acuerdo al análisis de Friedman, encuadrar el conflicto entre “israelíes y palestinos” permite que los judíos, una pequeña minoría en Medio Oriente, sean representados como la parte más fuerte. “También incluye la suposición implícita de que si el problema palestino se resuelve de alguna manera el conflicto habrá terminado, aunque ninguna persona informada hoy cree que esto sea cierto”, sostenía el periodista.

Y concluía diciendo que:

“Al parecer la historia de Israel está enmarcada en algo que no tiene nada que ver con los eventos cercanos porque el ‘Israel' del periodismo internacional no existe en el mismo universo geopolítico que Irak, Siria o Egipto. La historia-Israel no es una historia sobre los acontecimientos reales. Se trata de algo más”.
 

 
 
Es decir, que existe una brecha entre lo que se informa y lo que sucede. Israel es aislado de todo contexto, de los causas históricas que explican – o que ayudan a comprender el presente a partir de una cronología más o menos constatada -, para así, poder ser “interpretado” (“comprendido”) en unos términos irreales, pero que permiten establecer los rasgos narrativos preseleccionados.

Los motivos por los cuales cada medio, y cada periodista, eligen aplicar esta suerte de modelo casi estándar para informar (quizás, más apropiado, sería decir “imponer una imagen o estructura cognitiva”) sobre Israel, puede ser varios o los mismos. En todo caso, en algún momento deberían explicarse ante los lectores.

Justamente, Richard Miron opinaba que los medios occidentales deben rendir cuentas por sus conductas, “incluyendo las aparentes omisiones y los errores a la hora de informar sobre el conflicto”. El ex corresponsal de la BBC afirmaba que deben cuestionarse dónde lo informativo puede haberse terminado y comenzado lo emotivo, si someten a Israel a un estándar distinto al del resto, y por qué le dieron vía libre a Hamas para que controlara el flujo de información. Así como también, preguntarse si “sus coberturas tuvieron consecuencias en el encendido de pasiones (y odio) hacia Israel – y por extensión a los judíos - de muchos en las calles de París, Londres y en otros lugares”.

Este cuestionamiento difícilmente se produzca.

¿Cómo cuestionarse si se cree tener “razón” y poseer el aval “moral” que otorga estar del lado “correcto”, del lado del “bien”?

¿Cómo cuestionarse desde el propio periodismo si en el caso israelí el periodista deviene juez, activista, moralista y acusador?

Así, la imagen elaborada sobre el conflicto y, más puntualmente, sobre Israel, se va asentando, y suplantando lentamente a la realidad; imponiéndose un marco epistémico que infunde unas emociones (disfrazadas de conocimiento, de datos, hechos) muy precisas hacia Israel.

Entonces, el conflicto se transforma en el más relevante de cuantos hay, en el hecho que desafía los cimientos de la “comunidad internacional”, sus “valores morales”, la “dignidad”. Más importante, como enumeraba Friedman, que, por ejemplo, “las más de 1600 mujeres asesinadas en Pakistán el pasado año (271 luego de ser violadas; 193 de ellas quemadas vivas), la supresión en curso del Tíbet por el Partido Comunista de China, la masacre en el Congo (más de 5 millones de muertos a 2012) o la República Centroafricana, y las guerras de la droga en México (número de muertos entre 2006 y 2012: 60,000), sin contar otros conflictos de los que nunca nadie ha oído hablar en oscuros rincones de India o Tailandia”.

Desde mediados de abril, 2.593 personas han muerto en el este de Ucrania. En Sudán del Sur, han muerto 10.000 personas desde diciembre de 2013 debido al conflicto. Y según la ONU, en Siria ya son 191.369 los muertos en la guerra civil.

Y, aún así, las “calles” están libres de indignación. ¿Por qué será?
 
 

¿Opinión pública?

Decía el fallecido sociólogo y filósofo francés Pierre Bourdieu (“Cómo se forma la ‘opinión pública'”, Le Monde Diplomatique, Ed. Nro. 151 – Enero de 2012), refiriéndose a la opinión pública, que “la definición patente en una sociedad que se dice democrática, es decir donde la opinión oficial es la opinión de todos, oculta una definición latente, a saber, que la opinión pública es la opinión de los que son dignos de tener una opinión”. Y manifestaba que la opinión pública es siempre una especie de doble realidad: se la invoca ante temas que la opinión pública suele desconocer (o conocer de oídas, guiados por aquellos que la invocan).

Algo que en el caso del periodismo suele darse muy a menudo; deviniendo los periodistas – parafraseando al filósofo – en opiniones (o voces) legítimas que hablan en nombre de la opinión pública y, a la vez, a esa misma opinión pública.

Bourdieu escribía:

“Los letrados, los que manipulan una lengua erudita –como los juristas y los poetas–, tienen que poner en escena el referente imaginario en nombre del cual hablan y que ellos producen hablando en las formas; tienen que hacer existir eso que expresan y aquello en nombre de lo cual se expresan. Deben simultáneamente producir un discurso y producir la creencia en la universalidad de su discurso mediante la producción sensible (en el sentido de evocar los espíritus, los fantasmas –el Estado es un fantasma…–) de esa cosa que garantizará lo que ellos hacen: “la nación”, “los trabajadores”, “el pueblo”, “el secreto de Estado”, “la seguridad nacional”, “la demanda social”, etcétera”.

La “cobertura”, el “periodismo comprometido”, los “profesionales de la comunicación”, podrían añadirse sin problema a esta lista.

El profesor José María Rubio Ferreres exponía en su ensayo:

“Walter Lippmann en su obra Opinión pública trata de la formación de un modelo de opinión pública dependiendo de los medios de comunicación. Demostró que los medios informativos, esas ventanas abiertas al inmenso mundo que queda más allá de nuestra experiencia directa, determinan los mapas cognitivos que nos hacemos de él. La opinión pública, sostiene Lippmann, responde, no al entorno, sino a un seudoentorno construido por los medios informativos. Lo que viene a decir el autor es que entre el entorno y los individuos está la presencia de un seudoentorno que estimula su comportamiento”.

“Según Lippmann, los medios de información son, por tanto, una fuente primaria, aunque no única, de las imágenes y de las ficciones que tenemos en nuestras mentes y con las que se llega a formar opinión pública. Los medios en la transmisión de información tienden a reducir la realidad a estereotipos. […] En otras palabras, consiste en un mecanismo mental mediante el cual se asigna a cada una de las realidades que percibimos en nuestro entorno una referencia, una imagen mental. Son los medios de comunicación, convertidos en poderosas instituciones sociales y socializadoras, los que crean y transmiten estos estereotipos.

La base de la opinión pública es más cognitiva que racional. Por un lado es consecuencia de representaciones, esquemas mentales, imágenes simbólicas que los individuos construyen en cuanto a la realidad. Pero por otro lado, estos esquemas cognitivos, en tanto fuentes de opiniones, son en su mayoría una representación parcial”.

Mas, la opinión pública, para que tenga una base consistente, necesita de información.

¿Pero cuál es esa información?

Y, tal vez más relevante aún, ¿se pretender explicar, transmitir o, en su lugar, se pretende dirigir al lector hacia una conclusión predeterminada?

Victoria L. Rubin y Yimin Chen, del Language and Information Technology Research Lab, de la Universidad de Western Ontario (Information Manipulation Classification Theory) se preguntaban qué sucede si el emisor del mensaje – en este caso el periodista, el medio – tiene objetivos alternativos al de transmitir una información de manera más o menos exacta al receptor.

Los autores apuntaban que, justamente, una de las eventualidades en esta cadena de comunicación, es que el emisor intente de manera intencional crear una falsa impresión o conclusión en el receptor. Lo que se conoce como engaño (deception).

Rubin y Chen, entonces, exponían las variedades de engaño según las definiciones o clasificaciones de varios autores:

“R. M. Chisholm y T. D. Feehan (The intent to deceive) distinguen dos amplias categorías, según sea pasivo o activo el papel del engañador: Comisión (deliberada y conscientemente) y omisión (permite a una persona creer algo falso).

En su Interpersonal Deception Theory, J. K. Burgoon y D. B. Buller distinguen tres variedades de engaño basadas en siete rasgos diferenciadores: cantidad y suficiencia de la información, el grado de veracidad, claridad, pertinencia, propiedad e intención. Los tipos son: falsificación (mentir o describir ‘la realidad preferida'), ocultamiento (omitir hechos materiales) y ambigüedad (esquivar, rodear las cuestiones cambiando de tema u ofreciendo respuestas indirectas).
 
S. Metts (An exploratory investigation of deception in close relationships) también nombra tres tipos básicos de de mentira: falsificación (afirmar información en contradicción con la información veraz o negar explícitamente la validez de la información veraz), distorsión (manipulación de la información veraz a través de la exageración, minimización y ambigüedad, de manera que un oyente no sepa todos los aspectos relevantes de la verdad o que lógicamente malinterprete la información proporcionada) y omisión (retener toda referencia a la información relevante).

H. D. o ' Hair y M. J. Cody (Deception): su taxonomía de cinco niveles de actos engañosos incluye: ‘mentiras, actos directos de fabricación; evasión, redirigir la comunicación de temas delicados; ocultamiento, ocultar o enmascarar verdaderos sentimientos o emociones; exageración, exageración o magnificación de los hechos; y connivencia, donde el engañador y el objetivo cooperan para permitir que tenga lugar el engaño”.
 
 
 
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua
 
periodismo.

1. m. Captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades.

juez.

(Del lat. iudex, -ĭcis).

1. com. Persona que tiene autoridad y potestad para juzgar y sentenciar.

2. com. Miembro de un jurado o tribunal.

3. com. Persona nombrada para resolver una duda.

juzgar.

(Del lat. iudicāre).

1. tr. Dicho de la persona que tiene autoridad para ello: Deliberar acerca de la culpabilidad de alguien, o de la razón que le asiste en un asunto, y sentenciar lo procedente.
 
 
 
 

“Todos de pie que hago mi ingreso en la sala… digo ingresa a la sala el juez”, anuncia el juez; y entra a la sala. Se sienta en un sillón viejo frente a una estancia vacía.

“Comienza la sesión”, anuncia. “Tiene la palabra la acusación”.

El juez se levanta y, presto, se dirige a sentarse detrás del escritorio asignado a la parte acusadora.

“Gracias su señoría. Con su venia comienzo”.

El juez-acusador piensa que no vale la pena ir hasta el sillón para darse la autorización, así que dice “prosiga” desde donde está.

“Demostraremos hoy, partiendo de la presunción de culpabilidad incontrovertible, que el acusado es culpable”.

El juez-acusadora camina pesadamente de vuelta a su sillón.

“Tiene la palabra la acusación”, anuncia, y se queda esperando sentado, mirándose las uñas. “Bien, prosigamos”, prosigue; “puesto que la culpabilidad siempre está demostrada a priori, y para agilizar el proceso, prescindiremos, como es habitual, de la parte acusada. Prosiga la acusación”.

El juez, manifiestamente agotado, camina hacia el escritorio de la acusación. Llega jadeando.

“Señor juez”, dice, resollando, “queda probado, por el peso incontestable de las pruebas irrefutables, que el culpable es culpable… Disculpe, que el acusado es culpable. Que conste en actas que remito a las pruebas ad hoc archivadas en los catastros de estos juzgados. Me refiero a las pruebas utilizadas en juicios precedentes, que ilustran la culpabilidad sin atisbo de duda; y que son ajustables a toda instancia que involucre a este culpable… quiero decir, acusado. En esas mismas fojas, además, figuran los testimonios no garantizados de testigos controvertidos que avalan de manera creíble, con toda certidumbre, el peso incontestable de las pruebas irrefutables – que, añado, son ya dogmas de esta nuestro credo… digo justicia, con mayúscula”.

El acusador se levanta y, lentamente, se dirige al sillón para convertirse en juez nuevamente.

Se deja caer sobre el sillón. Los pulmones silban empeño. Se recompone a medias y dictamina, con un hilo de voz: “Esta corte falla Culpable y sanseacabó”. Estampa una firma en un papel en blanco y se levanta. “Todos en pie”, dice, “se retira el honorable yo… el honorable juez, que soy yo”. Camina lentamente hacia la puerta.

La puerta de la redacción… de la sala, digo, se cierra sin estruendos tras el corpachón del juez. “El documento ya ha sido enviado”, mancha el blanco sucio de la pantalla del ordenador.


 
 
 
 
         
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