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Medios de comunicación: Fabricando y diseminando ignorancia
por Marcelo Wio
24 de Abril de 2017

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“La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos”, escribió Karl Popper. Por ahí anda la ignorancia de muchos de los periodistas que cubren el conflicto palestino-israelí. Unos, por comodidad; otros (los más), porque les afea la doctrina ideológica, el credo, adquirido sin más esfuerzo que el de suscribir al mismo.

A fin de cuentas, para estos informadores todo es “relativo” – depende de los actores, de la localización geográfica de los hechos. Y, como decía el eminente filósofo argentino de la ciencia Mario Bunge, “el relativista no siente la necesidad de fundamentar nada: se contenta con hacer una afirmación tras otra. Todo sería cuestión de ‘discursos', [o ‘narrativas'] nada sería cuestión de verdad ni, por lo tanto, de confrontar las ideas acerca del mundo con el mundo mismo”.

De tal guisa que los medios parecen haber reformulado la frase de Gabriel García Márquez – “La vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda, y cómo la recuerda para contarla” – en algo más bien perverso: “Los hechos no son lo que son, sino la impresión del ‘periodista' y cómo la transmite”. Pero no sólo eso, sino, y sobre todo, para qué la transmite como lo hace.

Parece pues, que los medios pretenden que en todo lo relacionado con el conflicto palestino-israelí, la verdad se reduce a un mero “consenso” que debe ser acatado por una “mayoría” de lectores, oyentes o televidentes– apenas un recipiente obediente para esas “verdades”; un cazo donde han de mezclarse adecuadamente las emociones a partir de las cuales esa “mayoría” debe emitir su “opinión”: es decir, debe indignarse “moralmente”. En que impone el prejuicio y, como tales, lo son (hechos) siempre y cuando encajen o sirvan como elemento de una “narrativa”, de la imposición de una cosmovisión: una “realidad” por sobre la realidad; en lugar de ésta.

De esta manera, la disposición de las “impresiones” del periodista en el texto devienen la “realidad”. Los hechos, son meros elementos de inspiración. El resultado es una “narración” que actúa como un “argumento moral” o, más bien, como apelación a la emoción – en resumen, como llamamiento a posicionarse desde una “superioridad” moral.

Lejos queda en este ordenamiento fácil y falaz, la labor del periodismo: la contextualización – inmediata e histórica – de los hechos; la búsqueda de múltiples fuentes – que serán oportunamente identificadas (su relevancia y posible posicionamiento) -; la verificación de las informaciones proporcionadas por las fuentes.

En su lugar, el periodismo ha dejado lugar al “activismo”: A partir de un hecho que es tallado para que encaje en el diagrama de prejuicios, se escenifica la “confirmación” de ciertas voces propagando sus versiones sin contrastar; es decir, ampliando una creencia o sesgo, cuando no, directamente, falsificaciones y libelos, desde una postura “moral”.
 
 
 
 
“Narrativa”: el politizado arte de desinformar narrando
 

En un artículo publicado en la Kennedy School Review (20 de julio de 2016), de la Universidad de Harvard, los autores Tommy Flint y Stephen Hawkins sostenían que existen tres maneras en que, la propensión humana a narrar la realidad, conduce a su percepción errónea:

1. Ignorando los hechos: la tendencia a seleccionar los hechos que encajan en la narrativa está claramente expuesta en la cobertura mediática

2. Cuestionando la realidad: sólo se cree en aquellos expertos que ya “están de su parte...”. En el caso del conflicto palestino-israelí, estos “expertos” no suelen ser tales, y pertenecen en su amplia mayoría a ONG anti-israelíes.

Además, los medios presentan dicho conflicto como una simple cuestión dicotómica: buenos vs. malos; abusando de la adjetivación dualista de “moderados” frente “ultra/extremo”, como ardid para “dar” más “peso, credibilidad, verosimilitud”. Esto refuerza la narrativa.

3. Manteniendo la historia (o el relato): “algunos eventos son tan críticos, que devienen parte del guion de las narrativas. Hechos que, incluso, precisan de una explicación dentro de la propia narrativa que se cuenta. Cuando esto sucede, sostenemos con vehemencia nuestra versión de los hechos. Y, posteriormente, enfrentados ante nuevos hechos, muchos siguen sosteniendo su narrativa”. “Esto pone de relieve una preocupante dinámica: cuando eventos significativos se entretejen en nuestras narrativas ideológicas, insistimos en mantenerlas [las narrativas] ante la evidencia contradictoria, con el fin de proteger nuestras ideologías”.

En el caso que nos interesa, el problema no suele ser que los periodistas no pongan en duda (explícitamente) la veracidad de ciertos hechos novedosos– o sus “interpretaciones” o “versiones” -, sino que tales hechos rara vez se presentan en la cobertura conjuntamente con otros hechos que “forman parte del canon mediático; como por ejemplo, la violencia palestina relacionada a la incitación sistemática y oficial al odio por parte de sus autoridades. Al parecer, algunos hechos, combinados, no conforman la “noticia” que los periodistas quieren. Una “noticia” que, así, es más bien un vehículo para algo enteramente distinta de la información, del conocimiento.

Decía Megan McArdle (The Atlantic, 1 de agosto de 2011) que “… las narrativas no son necesariamente incorrectas, pero la gente que las ofrece las presenta con la confianza de alguien que describe una historia resuelta, en lugar de describir una manera posible (y a menudo lejos de ser la más probable) en que los eventos podrían desarrollarse [o haberse desarrollado]”.

Roland Barthes (Introduction to the Structural Analysis of Narratives), citado por Hayden White (The Value of Narrativity in the Representation of Reality), iba más allá al sostener que la narrativa “sustituye incesantemente el significado por la copia de los acontecimientos que relata”.

En el caso de la “narrativa” mediática, ésta coincide “llamativamente” con la que emana directamente del liderazgo palestino – que se empeña en falsificar y hurtar la historia ajena, en propagar libelos y engaños -, a la que presenta como si se tratase de hechos aceptados, contrastados; ciertos. Esta práctica dice mucho de los medios que se prestan como divulgadores de dicho “relato”; de su involucramiento voluntario en el conflicto con el fin de implantar una “realidad” a la medida de unos prejuicios que no tienen nada de nuevo. Así, ahora, éstos se ven “justificados” – o aquellos que los detentan más como un orgullo que como una limitación, como un atroz defecto.

Esta “narrativa”, que es, en definitiva, una forma de moralizar, cuenta el “sufrimiento” del pueblo palestino – con rostro, con nombre; con sobreabundancia historias personalizadas -, mientras borra en una abstracta generalización sin emoción, sin humanidad, a los israelíes.

Hayden White (The Value of Narrativity in the Representation of Reality) postulaba que una cosa es narrar la realidad y otra bien distinta es imponerle a ésta la forma de una historia, de un relato. Esta distinción permite discernir, decía White, entre un discurso histórico (lo mismo podría afirmarse del informativo) que narra y un discurro que ‘narrativiza'; entre un discurso que abiertamente adopta una perspectiva que mira hacia el mundo, y un discurso que finge que hace al mundo hablar por sí mismo y, al hacerlo, lo hace como si contara su propia historia.
 
 
 

Agnogénesis: generación de desinformación

 
“Quizás no carezcamos de razón cuando achacamos a simpleza e ignorancia la facilidad para creer y dejarse persuadir”, Michel de Montaigne, Ensayos.
 
 
El profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Stanford Robert Neel Proctor, acuñó el término agnotología para definir el estudio de la ignorancia inducida culturalmente. Es decir, la creación - y usufructo, porque aquí no hay ningún “amor al arte” - de ignorancia.

Zachary Frazier, de la Universidad de Carolina del Sur (Agnotology and information) resumía la clasificación de la ignorancia que proponía, precisamente Proctor en Agnotology: A missing term to describe the cultural production of ignorance, señalando que el académico de Stanford dividía la ignorancia en tres áreas: en su estado nativo, como un reino perdido, y como una trama estratégica (o construcción activa).

En el primer caso, la ignorancia deviene en una exigencia para la creación de nuevo conocimiento. Este tipo de ignorancia es originaria (o primitiva), o se debe a un lugar al que el conocimiento no ha penetrado.

La segunda área trata a la ignorancia como a una elección selectiva. Según Proctor, este tipo de ignorancia es un producto no sólo de la falta de atención, sino también de una suerte de “ruido pasajero y evanescente”. En algunos casos, esto es el impedimento de la transmisión de conocimiento a través de una deliberada elección de no incorporar objetos a sistemas de conocimiento formalizados; en otros casos, se trata simplemente de una consecuencia inintencionada de atención.

El tercer tipo, amalgama dos fenómenos distintos: la retención u ocultación de información, y la utilización de la desorientación o el engaño. Frazier señalaba que cuando Proctor habla sobre ignorancia como una trama estratégica, parece estar hablando sobre el uso de la censura y la clasificación como formas para crear ignorancia de manera estratégica a través del impedimento del acceso al conocimiento. Cuando Proctor describe una “construcción activa”, apuntaba Frazier, parece describir un proceso de comunicación que involucra la creación de desinformación.
 
 
 
 
 
Daba cuenta un medio - que suele publicar una información que se desvía de la realidad, cuando del conflicto palestino-israelí se trata -, que en 1996 “Alan Sokal, profesor de física de la Universidad de Nueva York y de matemáticas en el University College de Londres envió un artículo que él mismo describía como un rotundo sinsentido a la revista postmoderna de estudios culturales Social Text. Pretendía comprobar que una publicación de este tipo imprimiría cualquier planteamiento absurdo siempre que sonase bien y apoyase los prejuicios ideológicos contra las ciencias exactas de los editores. Aquel texto, en el que decía cosas como que ‘es cada vez más obvio que la realidad física es fundamentalmente una construcción social y lingüística', pasó todos los filtros y se publicó, dejando en evidencia a los responsables de la revista y a decenas de intelectuales”.
 
Algo de eso publican casi a diario los medios en español – El País, que es el medio aludido anteriormente, incluido -: prejuicios ideológicos que precisan dejar fuera del recuento de “hechos” aquello que los desmiente, como, por ejemplo, que un ex asesor del equipo negociador palestino y luego de Mahmoud Abbas, fue co-autor de artículo publicado por el Washington Post el 6 de abril de 2017, en el que se afirmaba que la Autoridad Palestina debe detener el pago a los terroristas presos y la incitación, pues son, en definitiva, un obstáculo para la paz; o la propuesta de un ministro israelí de construir un línea ferroviaria para conectar a la Autoridad Palestina e Israel con el mundo árabe.
 
 
 
 
 
Los errores de concepto, las ideas equivocadas, son muy difícil de remover, apuntaban John Cook, Daniel Bedford, y Scott Mandia en su artículo Case Studies in Agnotology-Based Learning. De tal manera, que interfieren en el procesamiento de nuevo conocimiento.

Y es que cuando “la gente es enfrentada con refutaciones de la desinformación, a menudo continúa siendo influenciada por ésta, aun cuando reconoce la corrección. Esto se conoce como el efecto de continuidad de influencia. Una explicación para la persistencia de la desinformación es que la gente construye modelos mentales en los que el mito está integrado. Cuando el mito es invalidado, queda un espacio en dicho modelo mental. Si no se provee de algo para rellenarlo, la gente puede continuar confiando [o dependiendo] del mito”.

Mas, en el caso que nos concierne, el lector no se ve enfrentado a refutación alguna. Por el contrario, recibe una dosis casi diaria de “ratificación” de la desinformación. Así pues, lo más lógico sería que este público, enfrentado a un hecho que contradiga la lección aprendida, se opongan al mismo. Al punto que, tal como señalaban los autores recién mencionados, las refutaciones pueden de hecho, reforzar las ideas erróneas; porque cuanto más familiarizada está la gente con una información, mayor es la probabilidad de que la considere cierta. De ahí el bombardeo de “noticias” sobre el conflicto – apenas un disimulo para reforzar el sesgo.
 
 
 

 
 
 
Pero es que, además, el “relato” que ofrecen los medios, es sencillo: no requiere más esfuerzo que el de leer unos breves párrafos que parecen siempre el mismo. Por otro lado, en muchos casos, las impugnaciones de las falsedades, son a menudo muy largas y complejas – a la vez que requieren un tiempo mayor para consultar diversas fuentes y verificar los datos.

La realidad rara vez es reducible a un puñado de párrafos – compuestos en su mayoría por lugares comunes, reiteraciones y declaraciones sin contrastar. La realidad, nunca es sintetizable en una perfecta dicotomía de “buenos” vs. “malos”. Precisamente, lo opuesto de lo que los medios hacen.

Una de las excusas esgrimidas por los medios ante la falta de verificación y contexto es que la información es “vertiginosa”, y que, al tener que publicar rápido, primero, pues no hay tiempo para verificaciones: blando pretexto para, por un lado, enmascarar a los malos profesionales y, por el otro, para disculpar, como meros “errores”, las falacias y omisiones deliberadas ofrecidas al lector.
 
 

“… la manera en que muere una civilización. No es por los abusos, vicios o crímenes – que suceden en todas las épocas - … Los males por los que muere una civilización son más específicos, más complejos, más lentos, más difíciles, en ocasiones, de descubrir o definir… Hemos aprendido a reconocer ese gigantismo que no es sino la imitación fraudulenta y malsana de un desarrollo, ese derroche que impulsa a creer en la existencia de unas riquezas que ya no se tienen, esa plétora pronto reemplazada por la penuria, en cuanto se presenta la crisis más mínima; esas diversiones preparadas desde el poder; esa atmósfera de inercia y pánico, de autoritarismo y anarquía; esas reafirmaciones pomposas de un gran pasado en medio de la mediocridad actual y del presente desorden; esas reformas que sólo son paliativos y esos arrebatos de virtud que únicamente se manifiestan mediante purgas; ese afán de sensacionalismo que acaba por hacer que triunfe la política peor; esos pocos hombres geniales mal secundados y perdidos entre la muchedumbre de los groseros hábiles, de los locos violentos, de los hombres honrados pero torpes, y de los sabios débiles”, Marguerite Yourcenar, A beneficio de inventario.

 
 
 
C'est fini
 
 
A los medios, pues, parece no bastarle la realidad, al punto que se ven “impelidos” a añadirle ingredientes “creativos”: una reconstrucción que disminuye el sentido de la misma, al simplificar la compleja situación compuesta por una cadena de hechos o eventos en un drama conmovedor y “creíble” sostenido por lugares comunes y apelaciones burdas a la emoción.

Fogonazos de hechos, apenas, de impresiones, de versiones que encajen en el precepto narrativo, de trozos cuidadosamente seleccionados de realidad – cuando no ya, esperpénticamente adaptados, o inventados. Eso han devenido las “noticias”.

No informan; pero convencen: no permiten que el receptor se forme una visión propia, una opinión sustentada en el conocimiento, en los hechos sin ropajes para pasarela mediática; en la reflexión particular. Los medios ofrecen tan sólo la ilusión de estar facultándose para ello; de estar dando las herramientas, los ingredientes para dicha elaboración; pero ya todo está preparado, con ingredientes defectuosos y reutilizados una y otra vez; y quien está siendo elaborado es, precisamente, el lector u oyente o televidente.

El receptor termina por absorber, no ya únicamente la regla, la agnogénesis, sino por amoldarse, por incorporarse él mismo, como un elemento más. Desviarse de sus límites implicará, pues, salirse de “sí mismo”: un creyente perfecto – fiel y credo, todo en uno, deviene la “narrativa”: ésta no es un mero recuento de sucesos, sino una región, una “forma-de-ser-moral-mayoritaria”, una cosmovisión de sí misma.

¿Y dónde quiere estar usted?

Es decir, la narrativa resulta ser la trama del estereotipo, donde el “nosotros” está por encima de los demás, para lo cual es preciso enfatizar esa diferencia, y para ello, es esencial crear “realidades”. En este sentido, los palestinos y la “causa palestina” son una herramienta más para elaborar la distinción respecto de “ellos”; los judíos.

Basta con repetir la historia sobredimensionada que se cuenta, una y otra vez. Reafirmarla. Consolidar y ratificar al lector en el papel adjudicado de “superioridad moral”, de “buenos de bolsillo”.

A fin y al cabo, y como decía Cicerón (De la naturaleza de los Dioses, II. 38), “por costumbre de nuestros ojos el espíritu se habitúa a las cosas, ya no se extraña de lo que ve a diario, no busca más causas”. Y es que, sostenía Montaigne, “lo que está fuera del marco de la costumbre, creémoslo fuera del marco de la razón”.
 
 
 
 
 
 
 
 
         
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