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Editorial. Parafraseando a Carl Sagan: donde dice pseudociencia, léase fake news
por Marcelo Wio
15 de Febrero de 2019

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Carl Sagan miró hacia la infinitud y, amén de las respuestas a inquietudes científicas que este singular diálogo le aportara, también obtuvo una renovada capacidad para ver y comprender las relaciones que los humanos entablan. Así, entre tantos, escribió un libro fenomenal que trasciende el tema que aborda - la pseudociencia, la ausencia de pensamiento crítico y sus consecuencia -: El mundo y sus demonios.

Y los demonios que le crecen al mundo son aquellos que inventamos los hombres: supersticiones y engaños que obstaculizan el desarrollo humano toda vez que desvían recursos, curiosidades, hacia una improductividad que beneficia a unos pocos y que resulta, muchas veces, nociva para unos cuantos.

Estas fabricaciones encuentran una correspondencia con las llamadas “fake news” (noticias falsas), con esa “información” que en realidad busca crear estados de ánimos particulares, “confirmar” fobias y prejuicios, generar desinformados “consensos”. Esta correlación es tan acabada que casi basta suplantar el término “pseudociencia” por el de “periodismo falaz” – porque de eso se trata: bajo la cobertura de un pretérito prestigio, cada vez más, los profesionales de la información cuelan ideología y pedazos de división entre el maniqueo “ellos” y “nosotros” (un “nosotros” tan moral, humano, justo).

Volviendo a invadir el texto del genial creador de la serie Cosmos, puede afirmarse que, al igual que con la pseudociencia, las noticias falsas también se ponen en el camino del entendimiento distrayéndonos con su oferta de fáciles respuestas, a la vez que evitan el acercamiento de las personas al escrutinio escéptico – aquel del que no se conforma con las manidas fuentes que se suelen presentar, mientras se ignora la literatura sobre el caso que sea.

En el caso de la cobertura en español sobre Israel y el conflicto árabe-palestino, esto es particularmente manifiesto. De manera que en este caso, más que una conversación en la que es el periodista quien pregunta y responde, se trata de una casi constante transmisión de avales o corroboraciones del prejuicio que reduce a Israel y a los judíos al tradicional papel adjudicado por siglos y siglos de libelos: una maldad extraordinaria y única, que merece el señalamiento y, de tanto en tanto, justifica pogromos, ataques, persecuciones y un Holocausto en el centro de lo que se consideraba el domicilio de la razón: Alemania, Europa.

Respaldos y confirmaciones que la imagen de un periodismo serio, comprometido con la búsqueda de la verdad, de la comprensión de los hechos, sigue facilitando. Pero este de ahora (cada vez más inclinado al activismo), salvo excepciones cada vez más reducidas, se basa muy a menudo en hechos mutilados (trozos convenientes de realidad), insertados en una estructura previamente conformada con la finalidad de confeccionar asentimiento y credulidad entre los lectores. Y la repetición de esta idea obsesiva (la intrínseca perversidad de Israel y los judíos) la hace fácilmente y ampliamente disponible: es decir, la fija como una “verdad establecida”.

Las noticias falsas, siguiendo y terminando con la paráfrasis, tienen la ventaja de que, teniendo unos estándares de argumentación y documentación mucho más relajados (supeditados a los intereses ideológicos, políticos o comerciales del medio y sus profesionales), es posible presentarlas más prontamente (y reiteradamente) ante el lector. En cambio, la verdad, o más o más bien un acercamiento más sincero a esta, precisa de tiempo: de pruebas, de documentación, de fuentes variadas. Al final del día, entre el público termina por imponerse aquello que se reitera y que apela al ejercicio sencillo de la emoción, a la gratificación fácil de la autocomplacencia.
 
Las conversaciones que proponen estas noticias falsas, quienes las escriben y las publican, no son ni por asomo como aquellas que sostenía Sagan con el cosmos. Y no porque sean más telúrica; sino porque en realidad no son, precisamente, una charlas: se parecen más a una sentencia sin pruebas, a un decreto sin más fundamento que el provecho o la parcialidad.
 
 
 
 
         
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