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Agresiones contra Israel y refugiados árabes: un negocio redondo para los líderes árabes
por Marcelo Wio
5 de Marzo de 2019

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En la Conferencia de Paz de San Remo en 1920, celebrada por los aliados de la Primera Guerra Mundial, la Declaración Balfour fue adoptada por el Consejo Supremo de las principales potencias aliadas como la base para la futura administración del Mandato de Palestina.

El sistema de Mandatos se estableció y fue regido por el Artículo 22 del Pacto de la Liga de las Naciones (1919) – antecesor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) -, contenido en el Tratado de Versalles (1920) y en todos los otros tratados de paz firmados por las potencias centrales que participaron en la contienda.

El documento del Mandato de Palestina establecía:

“En tanto que las principales potencias aliadas han acordado, con el fin de dar cumplimiento a las disposiciones del artículo 22 del Pacto de la Liga de Naciones, confiar a un Mandatario, seleccionado por dichas potencias, la administración del territorio de Palestina [geográfica, histórica; no política], que anteriormente pertenecía al Imperio Turco…”.

“En tanto que las principales potencias aliadas también han acordado que el Mandatario debe ser el responsable de poner en vigor la declaración formulada originalmente el 2 de noviembre de 1917, en la cual el Gobierno de Su Majestad Británica - y aprobado por dichas potencias - a favor de la creación en Palestina de un Hogar Nacional para el pueblo judío, quedando claramente entendido que no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de comunidades no-judías existentes en Palestina…”.

“En tanto que de este modo se le ha dado reconocimiento a la conexión histórica del pueblo judío con Palestina…”.

Pero no se siguió ese curso. En su lugar, el Reino Unido abandonó sus obligaciones y recientemente creada Organización de las Naciones Unidas propuso la creación de un nuevo estado árabe en la región (ya se había creado el Reino de Transjordania (actual Jordania) – región donde la aplicación de las disposiciones del mandato debía aplazarse o suspenderse), partiendo la parte restante del mandato entre un nuevo estado árabe y uno judío.

Tampoco esto resultó. Los estados árabes lanzaron lo que el secretario general de la Liga Árabe denominó sin tapujos una “masacre trascendental” contra los judíos de la región. Mas, contra todo pronóstico, el recién proclamado Estado de Israel repelió el ataque. La consecuencia de dicha agresión fue

la ocupación de Judea y Samaria (posteriormente denominada Cisjordania por el reino transjordano) por parte de Transjordania; y de Gaza, por Egipto

la partición de la ciudad de Jerusalén y ocupación de su parte oriental por parte de Transjordania

desplazamiento de personas.

 
A diferencia del trato (Acuerdo de Potsdam) dado a una potencia agresora (Alemania) sólo unos años antes, los estados árabes atacantes fueron ofrendados con el trato propio de aquellos que responden a una guerra defensiva:

no se los obligó al pago de reparaciones ni al desarme

ni a absorber y reasentar a los desplazados árabes que provocó la guerra iniciada por ellos

ni al pago de compensaciones por la expulsión y desplazamientos forzados de judíos de sus territorios

ni a la devolución de territorios obtenidos durante la guerra de agresión

 
En su lugar, se les ofreció silencio y connivencia.

Eso, y una agencia especial para tratar con esos refugiados – de los cuales un buen número podía ser de nacionalidad libanesa, egipcia, jordana y siria (que llegaban a la región atraídos por las novedosas oportunidades económicas surgidas en gran medida de los kibutz judíos).

Porque, tal como señalara en su momento el exdirector para la ayuda de la ONU a los palestinos en Jordania, Ralph Galloway:

“Los Estados árabes no quieren resolver el problema de los refugiados. Quieren mantenerlo como una herida abierta, como una afrenta a las Naciones Unidas y como un arma contra Israel. A los líderes árabes les da lo mismo si los refugiados viven o mueren”. (Ralph Galloway, UNRWA, citado por Terence Prittie en The Palestinians: People History, Politics, p 71)
 
 
 
A tal punto sigue siendo así, que en una entrevista en el diario libanés Daily Star (15 de septiembre de 2011), Abdullah Abdullah, embajador palestino en el Líbano, llegó a asegurar que no todos los palestinos se convertirán automáticamente en ciudadanos de un futuro estado palestino en Cisjordania y Gaza, ni siquiera “los refugiados palestinos que están viviendo en [campos de refugiados] dentro del estado [palestino], seguirán siendo refugiados. No serán considerados ciudadanos”.
 

 

Una agencia que enseguida comenzó a transformarse en lo que es actualmente: un mecanismo para perpetuar (e incrementar) el conflicto, y que según afirmaba Jalal al-Husseini (UNRWA and the Palestinian Nation-Building Process, Journal of Palestine Studies), del Institut français du Proche-Orient, “progresivamente adquirió una dimensión eminentemente política que se ha ido incorporando gradualmente al proceso de construcción de la nación palestina”. Convirtiéndose, en un principio, en palabras de al-Husseini, en un “representante casi político de los palestinos en el marco internacional, tanto como testigo del sufrimiento de los refugiados como un recordatorio de su derecho de retorno”.

Un “derecho” inexistente.

Un falaz “derecho” que sirve como combustible social para la retórica del grupo terrorista Hamas y para el emprendimiento de acciones violentas como la llamada “marcha del retorno”, que está pronta a cumplir un año. Un año entero de utilizar a sus ciudadanos como escudo y reclamo propagandístico.

Es decir, una agencia que no sólo servía y sirve para eximir a los estados árabes y a los líderes árabes de sus obligaciones, sino a la vez, para crear de una potente imagen propagandística (la del “refugiado” perpetuo) y un fondo de resentimiento destinado a mantener el conflicto siempre vivo. No en vano, Sahar Habash, uno de los consejeros de Arafat, aseguró que los “refugiados palestinos” son precisamente “la carta ganadora, que significa liquidar a Israel”.
 
 
 
Jalal al-Husseini dixit:

Desde el punto de vista político, las instalaciones de la UNRWA constituyeron un apoyo esencial para la OLP en el marco de su estrategia de lucha nacional. Los servicios de la UNRWA fueron decisivos para garantizar la existencia misma de los campos que fueron, a finales de los años sesenta, bastiones del nacionalismo palestino y, al mismo tiempo, el centro de atención de la implantación de la OLP y su principal centro de reclutamiento. Gracias a su poderosa posición en el Líbano, la OLP pudo utilizar las instalaciones de la UNRWA con fines militares”.

“Al mismo tiempo, las escuelas de la UNRWA, cuyo personal está compuesto en gran medida por profesores que se adhieren al programa nacionalista de la OLP, se convirtieron en un espacio informal para la construcción y reproducción de una identidad nacional palestina específica que debía coexistir con las identidades locales, reforzando así el papel de las escuelas como canal para la movilización política”.
 
 
 

No contentos con el resultado de esa bochornosa contienda para el orgullo árabe, estos estados lanzaron una nueva agresión en 1967. El resultado, casi idéntico. Esta vez “perdieron” también los territorios que habían ocupado en la contienda anterior (en el caso de Egipto, también la península del Sinaí).

También en esa oportunidad el trato ofrecido a los agresores derrotados permaneció intacto y singular, exclusivo. Y esta vez sí se llamaba a Israel a retirarse de territorios (no de “los” territorios – es decir, no se indicaba la extensión de este repliegue, pero sí había un tal llamamiento). Pero ¿quién habría de ocuparlos en su lugar? Porque la resolución que recomendaba la partición nunca se había hecho efectiva (ni, por ende, vinculante), toda vez que una de las partes se había negado; y, no solamente eso, había lanzado un ataque.

De tal guisa, una vez más, premio para los agresores. Al parecer, no hay manera de perder en el “casino bélico” de Medio Oriente cuando se es árabe y bajo la planta de los pies se tiene la suerte geológica del petróleo. Ni entonces, ni ahora: porque hagan lo que hagan los estados árabes, todo queda sin consecuencias. Y no sólo eso, también merece el aplauso de gobiernos y organismos internacionales. Un aplauso sin palmas; en su lugar, constituido a base de resoluciones y apoyos políticos, y a procurar plataformas para la propaganda y para la financiación de organizaciones que suplen las obligaciones de dichos gobiernos y que también hacen las veces de propagadores y amplificadores de esa “narrativa” que dice que, en esa región del mundo, para la que se aplica la regla de “patas para arriba”, el culpable es el agredido. Siempre y cuando el agredido sea Israel.

En tanto, la UNRWA (símbolo, institución política, herramienta) sigue aumentando el número de refugiados y, simultáneamente, eximiendo a los líderes palestinos (y a los países huésped) de sus obligaciones - principalmente sanitarias y “educativas” (eso sí, con el material educativo de la Autoridad Palestina o de las autoridades locales) allí donde puede.

Negocio redondo donde los haya.

Quién pudiese ir a un casino a jugarse todo, o gran parte de lo que tiene, con la intención de hacer saltar la banca, y, al perder, pedir que se le reintegre el dinero (y, por qué no, una pequeña retribución), y que esta demanda sea debidamente atendida. Y así seguir intentándolo hasta ver si, alguna, vez se alcanza ese anhelo.

En ello andan los líderes palestinos (y árabes). Con la intención de hacer saltar Israel por los aires, y, cada vez que fracasan, recibiendo palmadas en la espalda y considerables ayudas. No está nada mal. Para ellos. Pero a quienes se les llena la boca de moral y derecho internacional, pues no les queda tan bien.

 
 
 
         
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