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Cámaras de eco: repetición sin verificar en lugar de la práctica periodística
por Marcelo Wio
4 de Enero de 2021

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Hacerse eco de un artículo de otro medio para confeccionar la propia crónica sin molestarse en verificar dicha información parece más emparentado en la práctica de darle al “republicar” en las redes sociales – es decir, en amplificar un mensaje; en convertirse en un elemento que refleja un sonido creando (o contribuyendo a la propagación de) un mero eco.

Eso hacía precisamente el diario El Español en su texto del 4 de enero de 2021, titulado “Los palestinos de Gaza y Cisjordania, excluidos del plan de vacunación masiva de Israel”, que se basaba en la información errónea del diario inglés The Guardian (véase aquí el artículo de CAMERA UK que lo analiza) que, según citaba el medio español, afirmaba que “Israel transporta los lotes de la vacuna Pfizer/BioNTech al interior de Cisjordania. Pero solo se distribuyen a los colonos judíos, y no a los aproximadamente 2,7 millones de palestinos que viven a su alrededor y que pueden tener que esperar semanas o meses”.

La cuestión es que los residentes de Gaza no se encuentran bajo administración israelí, sino bajo el control de Hamás. Cabe recordar que Israel se retiró totalmente de dicho enclave en 2005; es decir, que no existe “ocupación” – en contra de lo que el medio español afirmaba falsamente en su destacado debajo del titular, siguiendo lo que indicaba en el primer párrafo de su crónica. En este sentido, vale la pena reiterar que uno de los líderes del grupo terrorista palestino Hamas, Mahmud Zahar declarase, según publico la agencia palestina Ma'an el 3 de enero de 2012:

“¿Contra quién podríamos manifestarnos en la Franja de Gaza? Cuando Gaza estaba ocupada, ese modelo [manifestaciones] era aplicable”.

Por su parte, la vasta mayoría de los ciudadanos palestinos en Cisjordania se encuentran el Área A, bajo control absoluto la Autoridad Palestina. Es decir, que la amplísima mayoría de palestinos vive bajo administraciones palestinas; ergo, la responsabilidad en cuestiones sanitarias recae bajo dichas autoridades.

El artículo 17 del Anexo III del Acuerdo Israelí-Palestino Provisional sobre Cisjordania y la Franja de Gaza, del 28 de septiembre de 1995 (firmado por ambas partes), precisamente estipulaba que:

1. Se transferirán a la parte palestina las competencias y responsabilidades en materia de salud en Cisjordania y la Franja de Gaza, incluido el sistema de seguro médico.

2. La parte palestina seguirá aplicando las normas actuales de vacunación de los palestinos y las mejorará de acuerdo con las normas internacionalmente aceptadas en la materia, teniendo en cuenta las recomendaciones de la OMS.

Claramente, la responsabilidad para la vacunación de la población palestina bajo administración palestina recae en esta última. El texto está disponible. Pero el medio convertía lo firmado por ambas partes en una mera afirmación (una suerte de excusa) israelí – evitando, claro está, citar el texto de los acuerdos (que, por cierto, crearon la Autoridad Palestina: la primera administración palestina en la región). Todo es relativo…Relativo a la opinión que se tiene, claro.

Para ahondar en la tesis de la pretendida responsabilidad sanitaria israelí, el medio recurría a la infaltable ONG (en este caso, Gisha) fuerte e ideológicamente posicionada – casi podría decirse que invocaba el activismo como voz autorizada, relevante.

Algo que sí indicaba el diario inglés, pero que obviaba el medio español, era que, a pesar de las demoras para conseguir las vacunas, la autoridad palestina, “con problemas de liquidez” no había solicitado oficialmente ayuda de Israel.

“Problemas de liquidez” para asuntos sanitarios, porque la Autoridad Palestina, de acuerdo a lo que informaba el diario israelí Jerusalem Post (1 de abril de 2020), había optado a principios de dicho mes por “pagar los salarios de los terroristas [presos en cárceles israelíes – un gran número condenado por delitos de sangre] antes que los de los maestros y los beneficiarios de la ayuda social, ya que prevé una caída de los ingresos como resultado de la crisis del coronavirus”.

Este medio israelí, además, publicaba el 21 de diciembre de 2019 que un alto funcionario del Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina indicó que, efectivamente, dicha autoridad no se dirigió a Israel para solicitarle ayuda para obtener las vacunas. A su vez, dicho funcionario dijo que tampoco esperaban que Israel se las vendiera o las comprara en su nombre. Y añadió que los palestinos pronto recibirán cerca de cuatro millones de dosis de la vacuna de fabricación rusa, así como que con ayuda de la Organización Mundial de la Salud había logrado asegurase la vacuna de otras fuentes. La vacunación, según el mismo funcionario, se espera que empiece el mes que viene en Gaza y en Cisjordania.

Por otra parte, el redactor (del Guardian) opinaba, en lo que se pretendía era una crónica informativa, que:

“A medida que el mundo intensifica lo que ya está en camino de convertirse en un impulso de vacunación altamente desigual, con personas de las naciones más ricas primero en ser vacunadas, la situación en Israel y los territorios palestinos proporciona un claro ejemplo de esta división”.

Y para el sonido fuese eficiente (es decir, para que suscitara un eco más potente que el ruido inicial), no podía faltar la voz de un palestino – sin importar su relevancia en el tema -, la apelación a la emoción del lector, a su identificación:

“‘No sé cómo, pero ¿debe haber una manera de convertirnos en una prioridad también?' dijo Mahmoud Kilani, un entrenador deportivo de 31 años de la ciudad palestina de Nablus. ‘¿A quién le importamos?', pregunta”.

Una cita sin ninguna significación, pero que deja una pregunta interesante: ¿A quién le importan los palestinos? Los ciudadanos palestinos.

A sus líderes no. A los medios de comunicación que pretenden desvivirse por ellos con su copiosa, hiperbólica atención informativa, tampoco, porque se preocupan en definitiva sólo por sus líderes; al menos, eso es lo que se desprende de sus coberturas: una sempiterna disposición a matizar sus ideas, sus palabras, sus errores y excesos; a excusar sus responsabilidades, a ocultar su corrupción y sus intransigencias, sus negligencias.
 
 
 
 
         
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