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Reuters: De informar, a dictaminar
por Marcelo Wio
16 de Diciembre de 2020

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En una crónica del 15 de diciembre de 2020 plagada de omisiones, de medias verdades – esas que en realidad terminan contando aquello que quien expone desea o cree que es la “verdad” – y que recurría a la habitual referencia a una ONG ideológicamente posicionada, la agencia Reuters presentaba a quienes reclamaban una propiedad que se remontaría a fines del siglo XIX o principios del XX como “colonos”, es decir, como ilegítimos demandantes.

El titular guiaba elocuentemente al potencial lector a interpretar el texto que seguía a continuación – no es que necesitara tales claves, realmente, pues se habría de repetir esta premisa que también es la conclusión – de tal manera:

Tras 60 años, los palestinos en Jerusalén Este se enfrentan al desalojo ante colonos israelíes

De entrada, entonces, se daba la impresión de una clara dicotomía: habitantes legítimos ante “colonos”, es decir, invasores, usurpadores. Es decir, se sugería la existencia de una titularidad nacional palestina sobre un cierto territorio sobre el cual nunca ha existido, ni existe, tal cosa.

Y en la primera frase – exageración y lugar común con pretensiones literarias y emocionales aparte -, decía:

“Para Nabil al-Kurd, ser expulsado de su casa en Jerusalén Este donde ha vivido desde los años 50' sería un destino peor que la muerte”.

Aquí surgía un problema. Uno mayúsculo, central, si uno no se atiene a la “narrativa” dominante, casi “oficial” (al menos oficiosa), y si conoce un mínimo sobre el conflicto árabe-israelí. Se señalaba que la persona se estableció en su residencia actual en los años 50', es decir durante la ocupación jordana de esa parte de la ciudad. Una ocupación era ilegal, pues fue consecuencia de una guerra de agresión contra el recién creado estado judío por parte de una coalición de ejércitos árabes, entre los que estaba el de Jordania – que, entre otras cosas, resultó en la división de Jerusalén en dos áreas.

Entonces, y según las definiciones de las que aparentemente hacía la agencia, ¿Al-Kurd sería un “colono”?

No, porque las definiciones que se hacen en el marco de este conflicto parecen tener poco que ver con una hipotética (e inexiste) rigurosidad, con una objetividad; sino, antes bien, con un fin ideológico, con una postura que prescinde de los hechos – a lo sumo, los toma como como punto de partida y excusa para elaborar una imagen (negativa) de Israel, de los israelíes.

Mientras tanto, la agencia continuaba insistiendo sobre lo mismo:

“… el hombre de 76 años y su esposa e hijos se encuentran entre las decenas de palestinos bajo amenaza de desalojo de dos distritos de la disputada ciudad, después de que un tribunal israelí dictaminó que sus propiedades están construidas en tierras pertenecientes a colonos judíos”.

Ahora bien, si esas tierras pertenecían efectivamente a judíos antes de la invasión jordana y expulsión de los judíos de esa parte de la ciudad como consecuencia de la guerra de 1948, ¿cómo pueden esos judíos calificar como “colonos”? ¿Y quienes reclaman hoy en día esas propiedades adquiridas, según aseveran, legalmente?

La agencia no realizaba estas gimnasias mentales, mucho menos su labor periodística, en cambio agregaba:

“Los reclamos de propiedad contra él y otros en Sheikh Jarrah y un segundo vecindario, Batan al-Hawa, son un punto focal de los planes de desarrollo de los colonos en Jerusalén Este, capturado por Israel en una guerra en 1967”.

Omitiendo información, Reuters venía a agradar el halo de “ilegalidad” de la presencia judía en dicho territorio: porque no fue simplemente “una guerra en 1967”, sino otra guerra de agresión árabe contra el estado judío. Y el territorio que pasó a controlar Israel no era soberano de ningún otro país, sino que estaba bajo ocupación por la otra parte a raíz de una guerra previa de agresión. Pero, en lugar señalar lo que es un hecho, se volvía sobre epíteto “colono” para rebajar los reclamos, derechos, legitimidad judíos. La historia enterrada bajo un término descalificador.
 
 
 
En una de las disputas en uno de los barrios a los que hacía referencia Reuters – Sheikh Jarrah -, la corte israelí concluyó que su propietario (árabe) actual no podía demostrar que había residido en la vivienda que dice es suya antes de 1964. Es decir, durante la ocupación de Jordania – que, vale la pena recordarlo, expulsó a los judíos de esa parte de la ciudad, donde llevaban residiendo durante siglos.
 
 
 

Si uno llegara al conflicto a partir de este artículo, creería que Jerusalén siempre estuvo partida, que nunca fue una ciudad unificada; y que el Este ha sido palestino desde tiempos inmemoriales.

Pero, por más empeño que se ponga en esa “narrativa”, y más allá del “consenso” que se logre alrededor del producto de ese deseo, de esa voluntad, todo ello seguiría siendo falso.

Y como es habitual en aquellos textos que, bajo el cariz de la información pretenden en realidad crear un ánimo, una adhesión, era infaltable la presencia del testimonio de una organización (ONG) ideológicamente posicionada – es decir, huérfanas de imparcialidad -, para seguir insistiendo en el “relato” que permite descartar los hechos como meras fabulaciones, ardides del “ocupante”:

“Esa misma corte ratificó este año varios reclamos de colonos, basados en documentos del siglo XIX y principios del XX”.

Sí, otra vez la palabra “colono”. Evidentemente no se confiaba en el poder del titular únicamente para dirigir la interpretación del lector: la agencia parecía perseguir que el lector rechazara o, cuanto menos, que pusiera seriamente en duda la historia: la presencia incontestable de judíos en la ciudad antes de la ocupación jordana. Es decir, el hecho de que, acaso, sean palestinos quienes han usurpado en este caso propiedades de judíos que tuvieron que huir o fueron expulsados en 1948.

La realidad desarma la mitología. O debería ser así, porque no siempre es sencillo. Sobre todo, cuando la agencia continuaba afirmando que “el estatus de Jerusalén, una ciudad santa para judíos, musulmanes y cristianos, está en el corazón del conflicto israelo-palestino”, pero omitía que en realidad el estatus estaba muy claro. El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General, a instancias de las recomendaciones del Comité, adoptó la Resolución 181 (que la parte judía aceptó) en la que la sección III trata de la Ciudad de Jerusalén:

La Ciudad de Jerusalén se establecerá como un corpus separatum bajo un régimen internacional especial y será administrada por las Naciones Unidas. El Consejo de Administración será designado para desempeñar las responsabilidades de la Autoridad Administrativa en nombre de las Naciones Unidas”.

Es decir, la ciudad no formaría parte ni del estado judío ni del estado árabe proyectados. Pero, la resolución establecía que “el Estatuto elaborado por el consejo de Administración [...] Permanecerá en vigor en primera instancia por un período de diez años [...] Luego de la expiración de este plazo, todo el esquema se verá sujeto a examen por parte del Consejo de Administración de acuerdo a la experiencia adquirida durante su funcionamiento. Los residentes de la ciudad serán entonces libres de expresarse, por medio de un referéndum, sus deseos sobre posibles modificaciones en el régimen de la ciudad”.

Un documento del Ministerio de Exteriores Israelí da cuenta de la historia demográfica reciente de Jerusalén:

“Desde 1870 los judíos han constituido una mayoría en Jerusalén. En el primer censo de población llevado a cabo por las autoridades del Mandato Británico en 1922, se encontró que la ciudad estaba habitada por 62 mil personas – 34.100 judíos, 14.700 cristianos y 13.400 musulmanes. En el censo realizado por Israel y Jordania en 1961 la población resultó ser de 243.500 habitantes, de los cuales el 67.7% eran judíos. La proporción entre musulmanes y cristianos ha crecido a favor de los musulmanes desde 1967. [...] En 1967 había 197.000 judíos en Jerusalén (74,2%) y 68.000 árabes (25,8%)”.

Ergo, durante el Mandato Británico la población árabe era 2,5 veces menor que la judía e, incluso, menor que la cristina.Recién comenzó a crecer marcadamente a partir de 1967, paradójicamente a partir del momento en que Israel tomó el control de “Jerusalén Este”, luego de la guerra de los Seis Días.

Con lo que resulta fácil adivinar o imaginar cuál habría sido el resultado del referéndum estipulado por la resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La resolución que los estados árabes rechazaron, lanzando a continuación una guerra “de exterminio y una masacre trascendental,” en palabras de Azzam Pasha, Secretario General de la Liga Árabe.

Todo obviado con una breve fórmula por Reuters. Pero no era una demostración de poder de síntesis.

Hacia el final, la agencia seguía como al principio:

“Muchos de los palestinos que se enfrentan al desalojo eran refugiados como Kurd o sus descendientes, que llegaron al área hace más de medio siglo [es decir, con la ocupación jordana], dijo Peace Now”.

Los refugiados judíos, ignorados; y sus propiedades, alegremente cedidas por la agencia a quienes terminaron por beneficiarse de la ocupación de esa parte de la ciudad por parte de Jordania. Por lo demás, el cinismo de hablar caracterizar como refugiados (víctimas, en definitiva) a quienes se instalaron en las viviendas de quienes fueron expulsados, parece bastante evidente.

Apenas, pues, retazos de información sobre la otra parte, sobre lo que tiene para decir, argumentar, contar. Una información – o unos hechos – que han sido rebajados, entre omisiones, adjetivaciones, priorización de dichos, aseveraciones y citas, al argumento cínico del villano de la película:

“Los colonos [haga el favor el lector de recodar la posición “legal” de esta parte] en el caso de Kurd compraron la tierra a dos asociaciones judías que afirmaron haberla adquirido a fines del siglo XIX, dijo el grupo”.

Lo que acaso resume el mensaje – porque había muy, pero que muy poca información – que aparentemente quería transmitirse, es un pequeño trozo de este párrafo hacia el final de la crónica, y una frase del primero:

dijo el grupo” frente al terminante “su casa en Jerusalén Este donde ha vivido desde los años 50'” de, ni más ni menos, el primer párrafo (prioridad).

Uno “dice” (y quien dice es el tantas veces “colono”); en el caso del otro, se presenta (para el lector, pues, es) como un hecho.

De informar, a dictaminar. Y en medio el periodismo se ha extraviado.
 
 
 
 
 
         
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